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Castro y yo

Data: 

00/02/1961

Fonte: 

Revista Bohemia

Autor: 

-I-
Lo que se ha dicho sobre que yo estaba en el lugar que no debía, en la situación cubana, es exageración profunda.

Tampoco hago caso del rumor que Batista, al enterarse de que yo estaba con Castro, se llevó las manos a la cabeza y exclamó: - ¡Nos llegó la hora, muchachos! Flynn está con él. ¡Sálvese quien pueda!

Se ha dicho que Batista vio en mi inclinación hacia Castro un cambio fatal en las simpatías norteamericanas, pero yo creo que esto ocurrió antes.

Recuerdo el momento, perfectamente ridículo, en que vi al exdictador en su residencia, bien ligerito de ropas y envuelto en una toalla de baño resbaladiza. Porque lo que uno espera de un dictador es verlo enmedallado en todos sus uniformes; y allí estaba él, frente a mí, con una toalla demasiado corta y escurridiza. En aquel instante no lucía como dictador, como tampoco lo luce ahora.

Aunque los caricaturistas y editorialistas se han dado su banquete anual con lo que concibieron como mi última payasada, lo cierto es que estuve muy cerca de Fidel Castro durante un período de cinco días; y la pura verdad es que me dijo que ningún norteamericano había llegado a conocerlos a él y a su hermano Raúl como los conocí yo.

Debe ser verdad. Lo vi intermitentemente durante un período de cinco días; conversé con él largamente, viajé con él en “jeep”, lo vi en una acción militar, y hasta cambié impresiones con él sobre el histrionismo en el pronunciamiento de discursos.

-¿Debo llamarlo comandante, señor Castro, o qué? – le pregunté cuando me encontré con él, el día 27 de diciembre, en su cuartel general, en una central azucarera en el corazón de la provincia de Oriente.  

- Llámame como todo el mundo me llama – me dijo Fidel–. Y Fidel y Errol fue todo el tiempo después.

  -Óyeme, viejo – le dije expresándome en español limitado –, ¿tienes inconveniente en que de cuando en cuando, me dé un trago del delicioso vino (ron) de tu tierra para hacer más grata a mi paladar esta situación revolucionaria?

No objetó, pero en lo que a él respecta no gusta de licores de ninguna especie. Deduje por la forma en que expuso sus objeciones que estaba tratando de darme a entender que padecía, en verdad, alergia al  alcohol.

-Yo padezco lo mismo – le dije –, pero gracias a mi gran disciplina he logrado vencer esa alergia.

Esto provocó la franca carcajada del Comandante y proseguí sugiriéndole que era el rebelde que hay en mí el que había vencido mi alergia.

Íbamos una vez en un “jeep” rojo rebotando sobre las llamadas carreteras de la zona de Santiago, donde Fidel inició su rebeldía, cuando le pregunté cómo y por qué había logrado de sus compañeros  rebeldes la promesa de no probar el alcohol hasta ganar la guerra.

Sonriendo, el fornido mocetón barbudo de piel translúcida – piel aceituna, pálida, cubana – se echó atrás en el asiento y me replicó:
–Conozco a los cubanos lo suficiente para saber que si tocan la botella de ron perderán la disciplina y el dominio de sí mismos, tan necesarios para la victoria.

De todas maneras, me las compuse para localizar unas cuantas gotas de ron que quedaban en una botella harto exprimida. Necesitaba de la sustancia, puesto que yo paso la mar y morena viajando en automóvil. Tengo la espalda lastimada – unas cuantas vértebras fuera de su lugar – y andar en automóvil no es ciertamente mi deporte favorito.

–¿Cómo diablos – le pregunté – puede usted sentirse tan cómodo en esta mezcladora de cemento?

Rió y me explicó que llevaba años subiendo y bajando por esas carreteras en montañas y valles y que estaba acostumbrado. Me sorprendió que Castro se sentara en el asiento exterior, su secretaria, ayudante y buena compañera, Celia Sánchez, en el medio, y el chófer al otro extremo, tras la rueda del timón. ¿No tenía Castro cuidado de su propia seguridad personal? Sentado donde estaba era, en verdad, blanco excelente para un francotirador experto.
Toqué al chofer en la espalda, hombre en verdad de acero con las espaldas que parecían consistencia de una mesa de mármol y le dije:
–Un poco más despacio, viejo. El chofer llevaba cuatro años conduciéndole a Castro y no iba a reducir la marcha por un visitante norteamericano. Tal vez mi secreto temor era que si alguien agujereaba a Castro, a mí también me alcanzaría el agujero. Atrás, conmigo, iban dos muchachos – uno a cada lado mío– ambos con los fusiles alertas y los seguros quitados. En verdad, varias veces me pregunté, al detenernos abruptamente ante alguna zona del camino, si el agujero no me provendría quizás de uno de esos dos muchachos.

Este remolino con Castro fue de los varios recorridos que hice por las poblaciones vecinas, visitando lugares liberados.

–Creo que la gente lo reconocerá – me dijo amablemente – y les alegrará saber que alguien de los Estados Unidos, a quien tal vez le han visto en la pantalla, se interésalo bastante para venir desde tan lejos a verlos.

– ¡A la orden! –le contesté.

Ahora bien, sucede que yo tomo muy en serio las revoluciones. Puede que se haya olvidado que yo fui a España durante su guerra civil como periodista comisionado personalmente por el difunto William Randolp Hearst y que estuve allí un par de meses; que sufrí varias lesiones y que regresé después a los Estados Unidos para reanudar mis actividades artísticas con la Warner Brothers.

Mucha gente dice que yo fui a nada a cuba. Se dejó entrever, por algunos de los más celebrados columnistas norteamericanos, que yo me  había batido en el Hotel Nacional de La Habana, dirigiendo la “Brigada de los daiquiris” en repetidas cargas.

Bromas aparte –  si es que es posible dejar aparte cosa tan importante – me sentía profundamente interesado en el levantamiento cubano por la sencilla razón de que conozco a los cubanos desde hace más de veinte años. He tenido mi ciclo de errores en los casinos de juego de la tierra: he dado la vuelta a la isla varias veces en mis yates y llegué a conocer poderosos y campesinos con idéntica familiaridad.

Allá por el año 1936, no mucho después de rodar “El Capitán Blood”, me compré un yate en Boston. En aquellos días estaba casado con Lily Damita, conocida como la “la turbulenta pelirroja de Hollywood” –demasiado turbulenta para mí entre paréntesis – y con esta nueva muñeca tomé rumbo costa abajo. Encontramos mal tiempo a la altura del cabo Hatteras, doblamos hacia el este, rumbo a Las Bahamas, y luego nos dirigimos a La Habana. Entré en este puerto con la idea de quedarme un día y estuve más de un mes.

En aquel tiempo Batista acababa de subir al poder bajo el lema de “Abajo las tiranías, abajo los ladrones y políticos corrompidos”. Era una figura dramática, un joven sargento; ha sido a mi suerte estar presente en el nacimiento del régimen de Batista y en su desplome; estar en verdad, en los cuarteles de Castro cuando nos enteramos de que Batista había salido huyendo del país.

No me aproveché de los últimos días de la crisis cubana para internarme precipitadamente en el territorio rebelde, como algunos han dejado entrever. Estuve en Cuba desde el día de acción de gracias (último jueves del mes de noviembre) y ni Castro, ni Batista, ni yo mismo pensamos que el cambio de poder fuera tan inminente. El movimiento de Castro estaba en desarrollo desde hacía cinco años y, a juzgar por lo que la mayoría podía pensar, la contienda podría prolongarse uno o dos años más. Dio la casualidad de que no encontrara allí durante una de las frecuentes visitas a la región del Caribe cuando se me hizo evidente que estaba acercándose una crisis y me las compuse para visitar el propio campamento de Castro.

Desde mi juventud me he sentido atraído – tal vez románticamente – por las causas de ideas o cruzadas. Y esto es porque, tras mi fachada de trotamundos, hay un hombre joven que cree todavía en el mundo. Me gusta que aún que los hombres sencillos, los Juanes del Pueblo, de todo el universo, tengan sus oportunidades, estoy con ellos y para ellos. Tal vez mi interpretación de “Robin Hood” tenga algo que ver con ello y cuando veo una tierra pobre que quiere lo que pertenece, estoy siempre dispuesto a tenderle mi mano aunque sea como algunos dicen, para alcanzar una copa.

Ahora bien, súmense a todas las razones sustanciosas para estar allí el hecho también de que fui por lo que había de aventura y se tendrá el cuadro completo.

Me parece cosa muy extraña que ningún otro norteamericano o muy poquísimos se interesaran lo bastante en el bienestar del pueblo cubano para identificarse con el movimiento de Castro. Solamente conocía a uno, un jovenzuelo del Medio Oeste, cuyo nombre no debo mencionar. Estaba peleando con las fuerzas de Castro con muy poco que perder. Estaba en Cuba, en verdad, porque había herido y dado muerte a su suegro – debo agregar con marcada provocación – y estaba allí para evadir las autoridades norteamericanas, barbudo como los cubanos, lleno de fervor hacia Castro y hacia su nuevo idealismo. Aparte de él y de Flynn, la bandera de las 49 estrellas estaba lamentablemente sin representación.

Mi viejo amigo Ernesto Hemingway, hizo aparentemente la observación de de que esta era una situación de la cual muy bien debían los norteamericanos mantenerse al margen. Cosa rara. Está bien interesarse en España, Corea, Europa y cualquier otro pedazo de tierra en el mundo, pero abstenerse de Cuba. ¿Por qué? ¿No son los cubanos parte integrante de la raza humana? ¿No debe ser cuestión de preocupación para nosotros los norteamericanos el que el régimen de Batista diera muerte a veinte mil cubanos que no le hacían el juego?  
¿Quién, oficialmente, traza el deslinde? ¿Qué es lo que determina quién debe interesarse en el movimiento libertador de un país y no en el de otro? ¿No en el de Cuba? Que  aguanten los cubanos a Batista y que sigan produciendo azúcar a los mismos precios.


Créanme ustedes; a mí me interesa el azúcar tanto como a cualquiera. He consumido mi buena parte de ella en diferentes formas y contenidos y gradación alcohólica, pero estaba con Castro porque creía y sabía que él estaba con su pueblo. Puede que a fin de cuentas me engañara la figura de Castro – no lo sé, nadie lo sabe–, pero el pueblo que le respalda y las razones que ha tenido y tiene para respaldarlos, son eternos.
  -II-
Durante varias semanas esperé en el Hotel Nacional a que me llegaran noticias de que Castro me recibiera. Amigos mutuos estaban tratando de arreglar el encuentro hasta que un día, el 23 de diciembre, tuve noticias de que cierto visitante me esperaba en el vestíbulo. Le vi, me dio ciertas instrucciones – todas dentro del más estricto secreto – y me dijo que el día de Navidad, por la mañana, debía tomar un “Constellation” en el aeropuerto de La Habana. Iría con John MacKay, un fotógrafo norteamericano.

Convenida la cuestión, eché a un viejo y destartalado maletín de mano con estas palabras impresas: ERROL FLYNN ENTERPRISE. Lo llené de “vodka”, naranjas, mandarinas, dos suéters, dos pares de calzoncillos y un valiosísimo rollo de papel higiénico. Lo quise cerrar de prisa y se rompió el cierre de cremallera. Lo tuve que amarrar con un cordel e hice todo el viaje con el maletín amarrado y metido dentro de una funda.
En la mañana de Navidad nos fuimos al aeropuerto habanero. Dos agentes policiacos de Batista, no uniformados, nos registraron antes del despegue. Miraron una y otra vez el letrero  ERROL FLYNN ENTERPRISE, probaron mi “vodka”, no encontraron armas de fuego ni nada subversivo y nos dejaron pasar.

Volamos sobre Cuba hacia la ciudad de Camagüey, situada a unas tres cuartas partes del camino del cuartel general de Castro en la provincia de Oriente.

Bajamos del avión y nos dirigimos al edificio de la terminal aérea. Nos situamos en la cantina –siguiendo las instrucciones recibidas – ordenamos la bebida nacional “Cuba Libre” y esperamos la llegada de un emisario que se nos debía presentar. No fue cosa fácil. La cara y el cuerpo de Flynn fueron pronto reconocidos y el viaje hacia el territorio rebelde se convirtió en aquel momento, en un forcejeo por autógrafos. Supongo que se podría decir que fui por autógrafo hasta las líneas rebeldes. Armado de estilográficas y lápices, suministrados por público y cantinero, firmé a diestra y siniestra, lo mismo para batisteros que para fidelistas y quinceañeras cubanas.

Mientras tanto, buscaba con el rabo del ojo a mi “contacto”. ¿Dónde estaba él o ella? Poco después supimos que nuestro “contacto” no era otro que el propio jefe de tráfico del aeropuerto. Un joven norteamericano Bill Patton, casado con una cubana. Me dijo que éramos viejos amigos; que nos habíamos conocido antes y era cierto.

Bill me había ayudado en mi viaje anterior a Cuba, cuando volé hasta allí en mi avioneta de un solo motor, un Navion.

Nos dijo que nos instaláramos en el Gran Hotel. Al día siguiente seriamos recogidos por el piloto personal de Fidel Castro en el avión privado del líder rebelde. En el interior, me sugirió Patton, ¿por qué no salía a las calles de Camagüey a hablar con la gente y conocer sus sentimientos?
Naturalmente, nos dirigimos al centro nervioso de todas las comunidades – las cantinas – donde se cambian impresiones, se hacen brindis, se revelan confidencias, se habla de política y de los rumbos que va siguiendo el mundo. En varios de estos centros comerciales de pensamientos humanos nos enteramos de que Camagüey estaba situada; que cuatro columnas rebeldes tenían posiciones de fuerzas que dominaban todos los accesos a la ciudad.

A la tarde siguiente, estando sentados en el café al aire libre del aeropuerto, oímos el ruido del motor de un avión. Un “Cessna” plata y rojo, dio varias vueltas sobre el aeropuerto. Simpatizantes de los rebeldes bien informados conocían los colores de este avión, que era el avión de Castro. Tuvimos unas palabras finales con Bill Patton, quien nos pasó por entre los centinelas armados del aeropuerto diciéndoles que éramos turistas que habíamos alquilado un avión para dirigirnos al interior con el objeto de buscar escenarios apropiados para el rodaje de una película. En realidad, esto es cierto en parte porque yo originalmente había pensado en entrevistarme con Castro en vistas a hacer una película sobre él y su movimiento.

Pronto estuvimos en el aire, con un piloto silencioso, sobrepasando cordilleras de montañas, viendo muchos ríos allá abajo y las verdes campiñas del invierno cubano.

El piloto tenía un revólver  a su lado. Me dijo: – está cargado y tiene una bala marcada. Es para mí en el caso de caer prisionero…
– ¿Por qué? – le pregunté.

–No voy a permitir que los batisteros me torturen, – me respondió con una sonrisa.

Supe después, de boca del propio Castro, que mi piloto, cuyo nombre no supe, nunca tuvo la oportunidad de usar esa bala marcada.

Al cabo de una hora, poco más o menos, bajamos a una tira de aterrizaje cerca de una gran casa de vivienda campestre donde me recibió un tal capitán Luis Pérez. Tenía puesto una bufanda negra en torno al cuello. Se la quitó y me la dio.

–Para usted– me dijo, explicándome que una muchacha rebelde había confeccionado esas bufandas con la insignia del movimiento de Castro para todos los hombres de su compañía.
–El comandante Castro desea que usted tenga una de ellas, – agregó. Salimos después para el recorrido de dos días en “jeep” más escabroso de mi vida.
El motor era extra grande y le daba  a la máquina velocidad y potencia. Íbamos, por tanto, a una velocidad de vértigo, recibiendo los baches en la espina dorsal con toda resignación  posible. Pero no pude por menos recordar mis recientes jineterías en el África Central durante el rodaje de “Las Raíces del Cielo”. Sólo, que esta vez íbamos de verdad sobre raíces...

Nos detuvimos en la casa de cierto coronel retirado del ejército, simpatizante de Castro y las mujeres de la casa nos sirvieron un almuerzo de bistecs, arroz y plátanos fritos. Fue una de las últimas buenas comidas que hice antes de regresar de Nueva York un par de semanas más tarde. Después de servirnos las mujeres se retiraron dejándonos a los hombres solos.

Hacía largas horas que no veía a una mujer y ahora las disponibles se alejaban discretamente.

Reanudamos el accidentado recorrido por una zona de cañaverales, sobre pantanosa través de riachuelos, acercándonos cada vez más a territorio rebelde. Cada una o dos horas subía al “jeep” un hombre nuevo que se quedaba con nosotros durante cierto trecho de camino, guiándonos hacia el cuartel general de Castro. Dondequiera que nos deteníamos, hablábamos con soldados fidelistas. Una vez vimos batisteros prisioneros y hablamos con ellos; aparentemente eran bien tratados por los rebeldes.

En las primeras horas de la noche del 27 de noviembre – sábado – nos detuvimos frente a un gran edificio: una central azucarera llamada “Central América”, donde – según nos dijeron – estaba el Comandante.

Castro estaba sentado en una cama. No pude distinguirle la cara muy bien. Se la enmascaraba la barba y estaba ocupado; tenía los ojos pegados a la pequeña bocina de un receptor de radio. Sobre una mesa, a menos de medio metro de él, un revólver belga: un arma de pavoroso aspecto. Durante un momento no nos prestó atención, al cabo de la cual, paseó la vista por la habitación. Era de mediano tamaño, ligeramente amueblada, con aspecto de cosa preparada de prisa pero dando la impresión de ajetreo constante; de gente entrando y saliendo cada minuto. Celia Sánchez tenía una orquídea rosada prendida del hombro derecho. Le di la mano y bajé la vista a la altura de su cintura. Colgando allí de su delgada silueta, un revólver calibre 32.

Mi ligero desconcierto no impidió que mi ojo clínico hollywoodense entrara en acción. Me di cuenta al instante de que no estaba conformada como la generalidad de las cubanas y que era más bien más delgada. Vi su cuerpo bellamente formado y calculo que sus medidas son 36-24-25. Estas no son dimensiones de la cubana por regla general. Los cubanos, en su mayoría, prefieren dimensiones como éstas: 38-28-40. Cabellos muy negros, tez morena y ojos luminosos que no perdían detalle, que nada perdían y constantemente en viaje de retorno hacia el lugar donde se hallaba el Comandante.

Terminada la transmisión, Castro alzó la cabeza, nos vio y se puso en pie.

Tiene mi altura, poco más o menos; es decir, seis pies y media pulgada. Tiene una gracia y simplicidad de movimiento y una sencillez de maneras que lo confieso, no había esperado encontrar. No era, en una palabra, la figura imperiosa que había encontrarme: la figura y el gesto de un hombre con mando.

Mi primera impresión fue la de su natural compostura, subrayada por reservas de energía y de fuerza. No tiene el aspecto del que se ha tostado por el sol. No daba indicios de haber vivido cinco años y medio en junglas, montañas a la intemperie, que era lo que yo creía encontrar. El rostro suave, lo mismo que las manos. En realidad no son suaves sus manos ni mucho menos, pero daban esa sensación de casi delicadeza, sin venas a flor de piel. Lucían más las manos de un hombre que ha estado detrás de un escritorio y no detrás de una ametralladora. Su apretón de manos fue fuerte pero no vigoroso en extremo. En cierta forma esperaba encontrar nervios de acero entre mis manos, pero nada era sobrenatural en su composición física.

Tenía los espejuelos puestos y observé, al comenzar a hablar conmigo, que su secretaria, Celia, lo atendía con su mayor consideración. Mientras hablaba, le quitó los espejuelos, sin aparentar él que se diera cuenta. Se los limpió y se volvió a poner afable, pero sutilmente como para no molestarle.

Un intérprete nos ayudó en la conversación. – Le sugiero, – me dijo – que vaya al pueblo de Palma Soriano. Ese lugar acaba de ser liberado por las fuerzas de la libertad y la gente de allí se alegrará de verlo, y podrá observar cómo se sienten los cubanos después de salir de las manos de Batista…

 Fue entonces cuando le pregunté cómo debía llamarle y allí fue como entramos en lo de Fidel y Errol.

–Tiene usted libertad absoluta de hacer lo que quiera, – continuó diciéndome –. Hable con quien lo desee, tome todas las fotos que le venga en gana. Sólo quiero que vea las caras felices de los ciudadanos cubanos liberados.

–¿Puedo también tomar su fotografía?

–La mía… La de mi secretaria… La de todo el mundo… Tiene usted libertad completa de prensa.

Me dijo algo que, al ser interpretado en inglés para mí, no llegué bien a comprender bien. Pero daba a entender que la libertad que él permitía era abierto contraste con lo que nosotros sabíamos muy bien que estaba aconteciendo del lado de Batista. Nos habíamos enterado de que un par de periodistas norteamericanos habían sido metidos en una cárcel batistiana.

No le iba a ser posible verme con mucha frecuencia durante uno o dos días, me dijo. Se habían presentado asuntos urgentes, pero en breve me dedicaría buena parte de su tiempo.

–Hasta entonces, – concluyó – ande por donde le parezca; tiene usted completa hospitalidad del campamento de Castro. Buena suerte…
Mañana; Flynn es puesto en manos del Hermano Tuck y luego se abre ¡naturalmente! hacia el batallón femenino…

Cuando dejamos a Castro, nos pusieron en manos de un fraile diminuto – un sacerdote, literalmente alegre, de ojos vivísimos, un gran deseo de servir –quien en un inglés macarrónico nos dijo que nos llevaría a pasar la noche a su iglesia, en la cresta de una colina.

Desde la ventana se divisaba una vista magnifica de la ciudad de Santiago, a unos treinta kilómetros de distancia. Al caer Santiago, nos explicaron, se produciría el principio del fin de Batista porque su puerto era punto de salida del 80 por ciento de la economía de azúcares.

El fraile, Padre Bernardo Solís, nos dijo en el camino: – ¡Chitón! Tengo un poco de agua escondida. Podrá usted darse un baño…

Agregó que no consideraba egoísmo tener un poco de agua en su iglesia. Me llevó a su lugar de residencia. Vi una habitación sencilla con un escritorio en magnífico arreglo donde tenía libros escritos en cuatro idiomas. En esta pequeña habitación, junto a la capilla principal, me desnudé, tomé un baño y me dieron una naranja mandarina para comer.

–No use mucha agua, si es posible, por favor…

Le aseguré que yo era un “partidario”, aunque sudoroso y polvoriento en aquellos instantes, y que economizaría el agua. Le persuadí de que no consumiría ninguna por la boca; que prefería ser descuartizado en vida antes que permitir el paso de tal sustancia por entre mis dientes. Terminé el baño y pasé la empolvada toalla por mi cuerpo. No fue exactamente como en el Hotel Nacional o en Park Lane de Nueva York, pero me sentí mejor. Ni siquiera puse reparo en la falta de jabón-

Salía a las afueras del monasterio El Cobre, hambriento como un oso y un poquito desalentado ante el espectáculo de tantos árboles de naranjas mandarinas. Había allí un magnífico gallo paseándose por el patio y alimentándose de gusanos cubanos; traté de echarle mano. Mientras perseguía el ave encrestada de rojo me pregunté si no estaría profanando parte de la propiedad eclesiástica. Desistí y lo dejé a su suerte.

Al mediodía almorzamos plátanos – mucho mejor menú que los que muchos estaban teniendo – tomé un trago de ron y preparé para un nuevo día de fotografías, observaciones y entrevistas con los ayudantes de Castro. El fotógrafo tomaba cuanto le saltaba a la vista con la celeridad que lo permitía el reemplazo de placas en su cámara; fotografías de rebeldes, sus armas, reuniones, cubanos viviendo en sus cabañas, instantáneas de jóvenes barbudos portando sus armas, sacerdotes entrando y saliendo aceleradamente del cuartel general de Castro. Compartí todas mis posesiones con mi fotógrafo: ron, cepillo de dientes, calzoncillos…

Lo que mantenía a Castro ocupado eran negociaciones que se estaban llevando a cabo para la rendición de Santiago. Me mantuve cerca de la central azucarera “Central América” esperando la oportunidad de poder verle. Castro y su estado mayor estaban encerrados con un sacerdote de Santiago, el Padre Guzmán. El sacerdote era un intermediario y no vestía su hábito. Lo era del jefe del ejército de Batista en Santiago y estaban debatiendo la rendición de la ciudad. Si Santiago caía, habría un nuevo gobierno.

Lo que más me impresionó fue el papel intenso del sacerdocio en los asuntos de Castro. Supe que su principal consejero era el Padre Solís. Es español oriundo de Asturias, y el propio Padre Solís me autorizó para decir que la iglesia estaba, cien por ciento, del lado rebelde. Por tanto, mientras ustedes ven fotografías en revistas y periódicos de un grupo de dirigentes castristas integrado por éste y por aquel de más allá, con sus antecedentes universitarios o su adiestramiento en los Estados Unidos, detrás de bastidores está el impacto tradicionalmente arraigado de la misma fuerza que en forma tan vasta ha dirigido los asuntos de los países de habla hispana.

Las conversaciones de Castro y el Padre Guzmán se prolongaron durante dos días enteros. Aparentemente, los hombres del ejército de Batista querían ciertas condiciones que Castro estaba dispuesto a aceptar, pero Fidel no quería que los hombres de Batista quedaran en las posiciones importantes que ocupaban; que era lo que ellos estaban tratando de conservar. Finalmente impuso su criterio. Cuando salió de estas conferencias tenía aspecto de agotamiento, pero en su rostro tenía un resplandor de satisfacción como si hubiera logrado lo que se proponía. Sus auxiliares lucieron y actuaron también de la misma forma.

Deambulando por el campamento rebelde encontré, naturalmente, el camino que conducía al cuerpo femenino llamado “Batallón Mariana Grajales”. Mariana era la madre de Antonio Maceo, patriota cubano, y las muchachas del batallón llevaban largo tiempo con las fuerzas de Castro. Supe que andaban armadas con sostenes, zapatos de tacones bajos, fusiles y nada de cosméticos. Todas absolutamente ascéticas, como los jóvenes barbudos que no bebían ni mezclaban con las féminas mientras estaba la revolución en progreso. Al menos, eso decían.  

La mayoría de las muchachas tenían una razón personal para estar allí. Un hermano o un pariente había sido muerto por los batisteros.
Una muchacha me dijo que no se casaría hasta que completara la  revolución. Otra, animada de un espíritu vengativo, pues el novio había sido torturado y muerto por agentes de Batista.

Las botas y los zapatos bien gastados por el exceso de caminatas. Usaban pantalones que llamaban “picadores”, abiertos en las piernas hasta la altura de las botas. Cuando se unieron a Castro y tomaron rumbo de las montañas tuvieron que dejar atrás ganchos, rizadores, coloretes; todas esas cosas que las mujeres de todo el mundo consideran vitales.

No puedo decir que esto hiciera de ellas un ramillete, por ejemplo, de “chicas de coro” del más exigente teatro de variedades. Pero había en ellas algo extraordinario: camadería y caras amables. Un poco más tristes, eso sí, y sombrías; no querían más tiranías, decían.

– ¡Paz, por el amor de Cristo! ¡Qué se deje vivir a nuestro país; que la gente viva sin amenazas constantes a nuestros hombres y a nuestras tierras…!

Ni siquiera yo puedo hacer humorismo de las cosas que vi. Lo que encontré entre los revolucionarios es cosa seria, verdaderamente revolucionaria.
Son muchos los sufrimientos que se han experimentado cuando Castro contó lo que le había pasado a mi piloto al regresar a Camagüey, solamente dos horas después de haberme dejado en territorio rebelde. Los soldados de Batista estaban allí esperando mi regreso. Lo sacaron del avión y le preguntaron: ¿Dónde dejaste a Flynn y sus acompañantes?

No podría decir si se lo dijo o no, pero ese fue todo el “proceso judicial” que tuvo. Treinta segundos. Ni siquiera lo dejaron dirigirse a pie al aeropuerto. Una ametralladora de mano lo hizo pedazos, agujereándole al cuerpo de arriba abajo.

Mi fotógrafo, John MacKay, volvió por el avión a La Habana con decenas de fotografías y me llegó un nuevo artista del lente, John Elliot.

El tiempo era variable. Un día era horrible, ventoso y polvoriento, al decursar del “jeep” por las carreteras; al siguiente día, lluvias torrenciales. En una zona pequeña se veían variedades de verduras, tierras ubérrimas de pasto verde y gruesas cañas de azúcar esperando el corte y recogida; más allá, grandes extensiones de tierra caldeada y polvorienta con promesa inquietante de seca.  Dondequiera que uno iba las grandes cucarachas tropicales en servicio de centinela. Como quiera que nos alumbra el sol, estas cucarachas cubanas de ágiles  patas son los guerrilleros naturales de esta tierra, escondidas tras las hojas, debajo de las camas, debajo de las almohadas, metiéndose en las maletas.

Castro me dedicó una cantidad razonable de su tiempo y de su atención en el instante preciso que Batista se estaba disponiendo  a huir de Cuba y en que la rebeldía estaba en la antesala del triunfo.

Me preguntó de mi vida, de mis experiencias y trabajos como actor y esto se llevó a darle mis ideas de oratoria, histrionismo y manera más eficiente como un auditorio. Me escuchó atentamente y me dijo que pondría en práctica algunos de mis consejos. Tenía pensado hablar en breve a sus oficiales y me pidió que, después, le dijera qué tal me había  parecido.

No sé cómo, pero por alguna razón Steve Allen  me vino a la mente cuando Castro hablaba y caminaba por sus cuarteles. Castro es hombre que pone una suma excesiva de energías en sus discursos, gestos y maneras y que, una vez terminado, se desploma tal como le sucede a Steve después de sus programas. No es que quiera, en ningún sentido, compararlo con un comediante y personaje de la farándula. Es cuestión de características. De una misma reacción después de esfuerzo similar.

Una vez que ha gastado hasta la última onza de energía, Castro es otro. Observé cómo descienden los hombros cuando considera que ha llegado  el momento de descansar. Es casi visible la forma en que se vuelve a cargar sus energías, como un acumulador, para el siguiente empeño. Oí cansársele la voz, enronquecer, debilitársele después de una larga tirada. Creí que yo le cansaba cuando en realidad fue él quien por poco me desencuaderna durante varios días de recorrido en “jeep”.

Hablamos hasta por los codos de muchas cosas y me contó de su estrategia para derrotar al gobierno de Batista. Me dijo que uno de sus métodos para debilitar las fuerzas del gobierno era cortar las corrientes eléctricas. Fue esto parte principal de la estrategia que le había valido la victoria. Pero otra cosa era cosa equivocada, me dijo, envenenar las aguas, que era táctica del gobierno. La idea principal era hacer todo lo que representara al pueblo y conservar su buena voluntad y desarrollar su aprecio al movimiento rebelde y no poner en peligro, en ninguna forma, al público. Cortar las comunicaciones, sí. Destruirlas, sí. Pero no maltratar al público, ni terrorismo. Le pregunté cómo se había permitido que a su movimiento se le calificara de levantamiento rebelde en vez de movimiento patriótico. Le sugerí que el término “rebelde” tiene cierto sabor a cosa fuera de la ley; que debían llamarse patriotas. No comprendió la diferencia.

Les hablé de Jesse James. – ¿Quién es ella? – me preguntó.

Le describí al notorio forajido norteamericano y Castro me dijo que no comprendía aún. Le dije entonces que su movimiento lucía, en los Estados Unidos, como una fuerza dirigida en contra de una autoridad legal. Esto sí lo comprendió. Se irguió de gallardía:

–Yo mismo soy un doctor en leyes, – me dijo–, y el gobierno jamás, jamás, ha hecho una cosa legal.

Mis esfuerzos en semántica no condujeron a nada. Según resultó después no fue necesario. Comimos juntos, siempre frugalmente. Me pareció que la comida ni le deleitaba ni le interesaba. La ingeniería maquinalmente como el hombre que, al afeitarse, está pensando en otras cosas. Su comida era poco más o menos la misma de todos los demás, en lo que pude determinar. Ocasionalmente le servían una lata de atún español, pero me dijo que le parecía que estaba gozando de privilegios sí comía platos como éste. Mayormente comía arroz con pollo. Pero había que buscar afanosamente para encontrar el pollo.

Hice cuanto me fue posible por hacerle reír, pero no era  cosa fácil lograrlo. Deduje que se valía de la risa más bien como herramienta de su equipo, como un arma para alentar el espíritu de sus leales, pero era hombre con demasiadas preocupaciones para ver ironías, paradojas y diversión en lo que estaba haciendo o para encontrar divertidos los chascarrillos que se le pudieran ocurrir a un actor visitante.

Llegué a la conclusión que una de las cosas que más agradaban a Castro era la forma en que sus fuerzas capturaban las armas de sus enemigos. Me contó de cómo su movimiento había iniciado con ocho hombres dispuestos desafiar al gobierno y de cómo habían comenzado sin armas de fuego. Su movimiento se hizo de armas, mayormente, quitándoselas a sus enemigos. Y cuando cada uno de sus hombres echaba mano a un fusil lo mantenía en maravilloso estado y lo trataba como puede un jovenzuelo tratar su auto de carrera o “cacharro”; con verdadero afecto.

Mientras Castro atribuía modestamente a muchos otros la razón del auge de su movimiento y la propagación de sus triunfos militares, vi esta escena:

Un coronel de policía, hombre de Batista a rajatablas, se rindió. Vi a este hombre al llegar al cuartel general de Castro. Era un tipo impetuoso que hablaba muy bien el inglés, puesto que había asistido a una escuela en Chicago. Unos soldados lo condujeron a presencia del Comandante con precauciones extra, puesto que una multitud estaba deseando hacerlo trizas. Sabían de sus antecedentes como terrorista. Pero se había entregado y se había puesto en manos de las fuerzas rebeldes, tembloroso y sobrecogido de miedo. Cuando fue puesto en presencia de Castro, dijo:

–Quería unirme al movimiento “26 de Julio”.

–No antes de que usted se gane la oportunidad, – le contestó Castro.

Le dio a este coronel una ametralladora de mano cargada, con instrucciones de que se sumara a sus fuerzas y demostrara su calibre antes de pertenecer al movimiento de Castro.

En otra ocasión, a las tres de la madrugada, fui despertado de un sueño no muy apacible – mi cama no era más que una especie de banco de madera –, cuando a mi fotógrafo y a mí nos dijeron que Castro estaba hablando a sus oficiales y que nosotros, si queríamos, podíamos ir a escucharlo.

Bajamos, a la luz de la luna, desde lo alto de una colina por el largo sendero que conducía hasta la central azucarera donde Castro estaba alojado. Nos encontramos con una reunión de rebeldes por todas partes. Hablaban apasionadamente y en la semioscuridad podía discernir de sus barbas, la marca de fábrica de la rebelión, el follaje austero en la cara, símbolo de la firmeza, la masculinidad y renunciamiento de sí mismos.

En la central había una habitación grande donde hablaría Castro y hasta allá nos fuimos. Junto con nosotros desfilaron una larga teoría de soldados y oficiales. Ocupé un lugar al fondo de la habitación. Al frente, sobre una improvisada plataforma, estaba Castro.

Estoy acostumbrado a oír buenas voces y a estar asociado con hombres que tienen timbre y poder en la garganta. Le había hecho unas cuantas sugestiones y me puse a escucharlo.

Castro tiene tanto poder en la voz como cualquiera que yo haya oído decir sus parlamentos para el cine o el teatro. Creo de esto se han tenido que dar cuenta que los auditorios de la televisión que han oído su voz con su complemento incomparable de sinceridad y arrebato. Allí, simplemente con su oratoria, sostenía la atención de una multitud de hombres jóvenes – y cuando digo jóvenes, digo jóvenes – porque el movimiento de Castro es y ha sido, mayormente, un movimiento de juventudes. Me dio la sensación de que les estaba echando una filípica.

Habían combatido siempre honorablemente, les recordó, y habían tratado bien a los prisioneros y no habían robado, pero ¡por el amor de Dios! La disciplina se estaba resquebrajando. Esto tal vez era, continuó, porque había bajado de las montañas y  el olor de la victoria les estaba llegando a las narices, pero algunas cosas que estaban pasando tenían que terminar. ¡Estaban tomando cerveza! ¡Cerveza mientras aún no se había ganado la causa!

No me había dado cuenta de que eso fuera delito tan grande en este extremo de Cuba. ¿Qué estaba haciendo yo allí? Sería mejor que escondiera mi “vodka”  que aún me quedaba.

Pasó después de zurrarles la badana, ¡y en qué forma! Estaba andando con mujeres y estas mujeres no eran, siquiera miembro del Movimiento. ¿Dónde diablos iremos a parar así? –preguntó. Su voz restallaba contra todas las paredes de la central azucarera y hasta yo, con mi pobre español, entendí sus palabras. “¡Se están traicionando ustedes mismos!”  Aún así los hizo reír una o dos veces, pero en los momentos de acento grave le escuchaban con atención y devoción.

En muchísimo tiempo no he estado tanto tiempo tan cerca de la virtud; no, ciertamente, desde la última vez en que, hace cuarenta y dos años entré a una iglesia arrastrado involuntariamente por mi madre. Pensé en mis esposas, mis amantes y féminas menores en el séquito  de Flynn en todo el globo terráqueo. Me pregunté qué relación había entre el celibato y el éxito revolucionario. Supongo que las mujeres obstaculizan ese sentido de dedicación que se debe tener durante una cruzada. Comprendo que jamás podré tener las aptitudes necesarias para pasar las pruebas que debe someterse un verdadero rebelde castrista. Pero, ¡qué manera más bella de evitar el pago de alimentos a la mujer divorciada!

Súbitamente, el Comandante sonrió, alzó los brazos y salió de la habitación. Sus admiradores se dejaron ir en vítores atronadores y fue evidentemente para mí que lo admiraban y lo amaban como si fuera su padre, su madre y su hermano.

 No fue ningún discurso de Gettysburg, estoy seguro, pero fue un placer observar al jefe en una forma excelente de arte oratorio.

La víspera de Año Nuevo, viajando en un “jeep” con él, Fidel Castro me dijo que Batista caería dentro de una semana. A la mañana siguiente me despertó el clamor de que Batista, en verdad, había salido huyendo de Cuba: de que Santiago había caído sin combate.

Desperté a mi fotógrafo: –Arriba Jhonny… Bájate de la parrilla… Esto se ha terminado.

En ese instante un capitán de cara de gavilán, con la barba usual y el aspecto magro del revolucionario, se llegó hasta mí con este mensaje: – Señor Flynn, Fidel me envía para decirle que ir a Santiago es altamente peligroso. ¿Quiere ir de todas maneras?

–Seguro que sí – le contesté y lo mismo mi fotógrafo.

Durante el día se formó una larga columna de tropas rebeldes que alcanzaba casi dos kilómetros. “Jeeps” y motocicletas transportaban soldados. En postes y árboles hicieron su aparición banderas rebeldes. Yo iba en un “jeep” con  el fotógrafo y algunos hombres de Castro, avanzando la columna hacia Santiago en marcha lenta. Todo el mundo esperaba encontrar resistencia en la ciudad a pesar de la fuga de Batista. Los batisteros locales habían decidido que era mejor luchar que dejarse apresar y fusilar.

Avanzamos dando tumbos a retaguardia de una columna que escoltaba al propio Castro. Llegamos al Central Palma, a varios kilómetros de Santiago, y sospechamos de una emboscada. Los “jeeps” acortaron la marcha cuando se escuchó un tiroteo que partía de no se sabía dónde. Todo el mundo se arrojó al suelo y demando las zanjas al borde del camino. Soy de opinión que el único momento de echarse en una zanja es cuando se presentan aviones ametrallando y por tanto corrí a protegerme detrás de una pared. El edificio había sido cañoneado y se le estaban cayendo los ladrillos por todas partes.

Algo me atravesó los pantalones, fuera lo que fuera. Si no una bala por lo menos un casco de metralla o fragmento del mismo me habían rozado la pantorrilla. Bajé la mirada y vi los pantalones ensangrentados. No me pareció cosa grave y me sentí afortunado… por lo menos hasta entonces.
Al día siguiente, 2 de enero, se combatía en todo Santiago; abundante resistencia. En una ocasión de tiroteo bullicioso, me tiré en una zanja y llené mi cuaderno de notas de copiosas apuntaciones. El estómago me reposaba plácidamente sobre un charco.

En la mañana del día 3 y en el día 4, los recalcitrantes locales siguieron disparando sus armas por todas partes con inquietante frecuencia. Logré que me dieran acomodo en el Hotel Casa Granda – normalidad en el negocio y hasta consideraciones especiales para mí – y desde mi ventana pude observar el tiroteo y una ambulancia llevándose a un rebelde muerto.

Me percaté que el hotel no estaba haciendo mucho negocio que digamos. Yo era el único huésped y, por tanto, alma solitaria. Alterné entre pasar el tiempo dentro del hotel y deambular por las calles. Mis notas del 4 de enero dicen así:

–Hay que irse. Esto se está poniendo peliagudo. Estoy detrás de una columna de mármol en el portal del hotel, pero como soy el único aquí me siento aburrido. Son muchas las balas que me pasan rozando como para sentirme tranquilo. Me voy a dar una carrera hasta dentro del hotel… ¡Allá voy!

Fue entonces que me di cuenta de que no estaba asistiendo al rodaje de una película. Era evidente que lo que correspondía hacer era irme con la música a otra parte. La cosa se estaba haciendo tan poco agradable como la escenificación de un combate planeado por Mike Curtiz. Tomé  notas constantemente, estimando que, como yo era el único corresponsal de guerra norteamericano con Castro y que a ningún otro de los Estados Unidos se le permitía estar con él, tenía en mi poder una información bastante buena y que debía apresurarme a dársela a los periódicos.

 Pero no había comunicación con La Habana; ni teléfono no telégrafo ni aviones entre Santiago y La Habana. Para complicar las cosas, no había forma de lograr pelarse. Desde que los rebeldes decidieron dejarse la barba y la melena, el negocio de la barbería en Santiago se había ido en pique. Andaban los barberos tan escasos como los pilotos aéreos, y hasta algunos de los mismos barberos comenzaron a dejarse a crecer la barba ante el temor de que les tuvieran por batistianos.

En medio de todos estos problemas se me acercó un guía de turistas. Me enseñó su placa y su licencia. ¿Quería que me enseñara la ciudad?
– ¿A dónde me podría llevar usted que no estuvieran cayendo los tiros? – le pregunté. Era un individuo excesivamente gordo y me replicó: –Conmigo no correrá usted peligros. ¿No sabe que todo el mundo respeta a los hombres gordos?

No me sentí inclinado a someter a una prueba científica el humorístico alegato del gordo guía cuando el laboratorio estaba en candela. De vez en cuando los santiagueros se aventuraban a salir de sus casas. Algunos se llegaban al hotel para echarme un vistazo y para preguntarse –como me lo preguntaba yo – qué diablos estaría yo haciendo allí en aquellos momentos.

Un tipo, con visos de actor cómico, me preguntó: – ¿Cómo es que luce usted tan joven en las películas y tan viejo en persona? ¿Cómo es posible? Me sentí ligeramente lastimado y por toda contestación me tomé un trago de ron.

– ¿Por qué no sigue dedicándose al cine en vez de tomar ron? –insistió el actor cómico al tiempo que, a mis expensas, brotaba una carcajada unánime del pequeño auditorio que nos rodeaba. Desde luego, no encontré respuesta digna que dar. Todo esto, empero, llegó a convencerme de que tenía que largarme de allí.

Me retiré a otra parte del hotel y me hice limpiar los zapatos. ¿Cómo es, me pregunté, que en medio de guerras y revoluciones puede uno ocuparse de tan pequeños detalles como éste?

Me dije que en un país tan religioso  como Cuba  no se tirotearían tanto los unos a los otros cuando llegara el domingo.

Pero después de la misa de las doce, cuando aún repicaban las campanas se reanudó el tiroteo.  – ¡A la porra con todo esto! – me dije– Vámonos a ver al Coordinador de Transportes para que nos dé dos pasajes para La Habana. Salí corriendo hacia  la Administración Civil, como le llamaban.
El fotógrafo y yo estábamos ya inconformes; enterrados en Santiago con tres días de adelanto a todo el mundo en las noticias – cómo el gobierno se estaba sosteniendo mientras Batista estaba sano y salvo fuera de Cuba – y sin un piloto que nos llevara a La Habana donde podríamos decir cuanto sabíamos y cuanto habíamos visto.

 Ya también mi herida había tomado un aspecto feo y necesitaba de vendajes y cuidado. Pensé en irme por “jeep” por agua… El Administrador del aeropuerto de Santiago tenía por allí un par de viejos aviones por el gobierno. Me dijo que si yo sabía volar podría tomar uno de ellos.

– Sírvase… – me dijo.

–Sírvase usted, – le contesté – que yo no vuelo en ninguno de esos dos féretros…

 Me lucieron como si estuvieran construidos para niñitos pequeños por esa compañía que fabrica los juegos “Erector”. Aterrizó entonces un avión que llegaba cargado de exiliados cubanos procedentes de Venezuela. El avión descargó sus pasajeros y, aparentemente, iba a seguir vuelo a La Habana desde Santiago.

¡No son ustedes capaces de imaginarse hasta dónde extremé mi galantería con una señorita del aeropuerto! Era uno de los empleados encargados de mantener el aeropuerto en operación y le supliqué que me dejara subir a esa máquina que se iba a dirigir hacia el oeste. Le prometí todo lo que se me ocurrió a excepción, naturalmente, del papel de la estrella en mi próxima película. Mi atractivo personal rindió frutos. Le retuve la mano y la miré profundamente a los ojos con todo el arrebato y el ardor del sol cubano. ¡Señorita, déjeme ir en ese avión! Se ablandó y Johnny Elliot y yo nos subimos al avión y nos trasladamos rápidamente a La Habana.

De regreso a la gran ciudad, me hice atender la herida. Es muy posible que se haya hecho de ella tema internacional mucho más bullicioso de lo que se merecía. Se corre por ahí que yo hice una media docena de llamadas telefónicas a los Estados Unidos para mencionar mi herida y dar la noticia de que yo había estado con Castro. Esto es una mentira absoluta.

Solamente hice una llamada. Era todo lo necesario. Poco antes de estar listo a regresar a los Estados Unidos recibí un cable de un agente teatral neoyorquino. Lo firmaba Arthur R. Treffeisen de la Corporación General de Artistas. Decía:

SI GANASTE LA GUERRA EXISTE POSIBILIDAD DE DARTE PAPEL PROTAGONISTA IMPORTANTE OBRA BROADWAY PUNTO PONTE CONTACTO CONMIGO INMEDIATAMENTE REGRESES NUEVA YORK.

¡Si ganaste la guerra! Flynn  de Birmania, de Berlín, de Tokio… ¿Cómo se puede ser tan pretencioso?