Discursos e Intervenções

Discurso pronunciado en la Clausura del VII Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas, efectuada en el Palacio de las Convencio, el día 10 de diciembre de 1998

Data: 

10/12/1998

Compañeras y compañeros:

Esta vez hemos cambiado de táctica, ya les había explicado las razones, pero debo expresárselo a nuestro pueblo.  Y hemos cambiado de táctica, porque no se trata de una reunión internacional o de un evento, como tenemos muchos, una reunión de maestros o médicos latinoamericanos, o de organizaciones de masa, sino se trata de una reunión con los representantes de la tropa elite de la Revolución y del Partido en un momento de gran importancia y trascendencia para nuestro país y cuando estamos librando una gran batalla, y no solo la estamos librando, sino que la estamos ganando.  Cuando hay que reunirse, en medio de esa batalla, con la tropa elite para debatir, analizar, profundizar, trazar planes, estrategias, se abordan temas y se elaboran ideas, como cuando se reúne el estado mayor de esa tropa elite.

Hemos dedicado casi 30 horas a los debates: no hubo muchas veces receso, se redujo el tiempo para el almuerzo a una hora y media; estuvimos participando ayer hasta aproximadamente las 10:00 de la noche; analizamos que si era necesario estábamos un día más o dos días más en este congreso, y ahora lo estamos concluyendo después de las 12:00 de la noche.

Este cambio de táctica nos ha permitido dos cosas:  hablar aquí con el máximo de profundidad y de claridad y abordar todas las cuestiones esenciales.  

Cuando digo que hemos podido hablar con entera libertad, ello significa que la información que se podía manejar era una información amplia, y nosotros llegamos a la conclusión de que no estábamos hablando para Estados Unidos, ni para Europa, ni para el exterior; estábamos hablando para el congreso, estábamos analizando todas las cuestiones esenciales para el congreso, estábamos elaborando la táctica y la estrategia en el congreso.  

Nos gustaría que muchos de nuestros compatriotas o todos nuestros compatriotas, o, digamos, todos nuestros buenos compatriotas, hubiesen podido participar aquí de estos debates junto a nosotros; pero no hay forma de utilizar la radio, la televisión y los medios masivos de divulgación, sin estar, al mismo tiempo, revelando al enemigo las tácticas, las estrategias, los conceptos, los planes y los programas.  Ello fue lo que nos indujo a la idea de hacer las cosas diferentes a como las hemos hecho otras veces en que nos vemos obligados a hablar con toda la discreción y cuidado necesarios sobre temas que necesariamente requieren abordarlos con argumentos muy importantes y con la mayor profundidad; desgraciadamente, eso no se puede hacer desde esa tribuna para el conocimiento del pueblo, sin revelar nuestro pensamiento a los enemigos.  

Por eso les dije desde el primer momento:  No me propongo hacer una intervención larga, porque lo que obliga a las intervenciones largas —se lo dije a ustedes, se lo digo ahora al pueblo—, es la necesidad de razonar, de argumentar, muchas veces de repetir y de reiterar. A ustedes no tengo que repetirles absolutamente nada, todo lo que deseaba decirles se lo pude decir, y al pueblo le estaríamos dando un pálido reflejo de lo que ha sido este congreso.

No siempre tiene que ser el mismo estilo de trabajo. ¿Quién nos impone un estilo de trabajo, acaso la tradición? ¿Hay que hacer las cosas siempre del mismo modo?  

Como más de una vez expresé, queríamos hablarles a los 1 591 delegados del VII Congreso de la UJC, y es lo que hemos hecho, es lo que nos importaba: hablar con ustedes con la libertad con que se puede hablar con ustedes y con todos los invitados a este congreso.  Del mismo modo ustedes les hablarán a las organizaciones de tipo provincial, a los comités, primero a los comités provinciales, a los municipales, a los destacamentos y a los 50 000 ó 60 000 cuadros de la organización, cada uno en su correspondiente nivel; ustedes, a partir de la experiencia que hemos adquirido en este congreso, irán expresando en cada reunión lo que ustedes saben que deben expresar.

Pienso, realmente, que casi todo lo que hemos hablado lo pueden llevar hasta nivel de cuadros, porque van a enriquecer la información y van a enriquecer los argumentos de decenas de miles de cuadros de la organización, que tendrán, a su vez, que orientar y conversar con cientos de miles, y no sería exagerado decir, incluso, con millones de jóvenes; argumentos para hablar con los militantes y con los que no son militantes; argumentos para hablar con los puedan estar confundidos o incluso para discutir y polemizar con aquellos que tengan posiciones contrarias a las posiciones de la Revolución, o porque estén influidos por la ideología del imperialismo, en esta lucha tremenda de ideas que llevamos años librando precisamente para llevar a cabo la proeza de poder resistir al más poderoso imperio que ha existido jamás en el terreno político, militar, económico, tecnológico y cultural.  Es decir que los cuadros de la juventud tienen que estar bien preparados para esa tarea.

Aquí podemos ver sobre cuántas cosas debemos trabajar y sobre qué materiales debemos elaborar para nuestros cuadros.  En esta lucha de tipo ideológico, las armas fundamentales son las ideas, las municiones fundamentales son las ideas, y nosotros tenemos que pertrechar de ideas a nuestros cuadros, para que ellos, a su vez, las vayan trasmitiendo a toda la juventud y a todo el pueblo.

Ya tenemos un programa en ese sentido, no hay por qué adelantarlo; como tenemos una serie de ideas que se elaboraron aquí, se acordaron o se decidió analizar la posibilidad de aplicarlas en los meses venideros, no tenemos por qué revelarlas aquí.

Este ejército conoce su plan, conoce su estrategia, y los enemigos que se vayan enterando sobre la marcha; porque vuelvo a asociar la idea de esta lucha a una gran batalla, a un ejército, si se quiere, a un cuerpo de ejército de vanguardia, a una tropa elite —repito— de la Revolución, y pongo en primer lugar la Revolución y el Partido, que son al fin y al cabo la misma cosa.

En la breve reunión con los compañeros del Comité Nacional pude hablarles todavía con un poquito más de libertad, a un nivel más reducido todavía, y en una reunión con el Buró Nacional podríamos hablar todavía con más libertad, con más elementos de juicio.

Esto se lo estoy explicando principalmente a nuestra población.  Los resultados de este congreso los podrá apreciar nuestra población por la actividad y la calidad del esfuerzo de la UJC en los próximos meses y años.

Desde nuestro punto de vista, el mío personal y el de todos los compañeros con los que hemos estado intercambiando impresiones, este ha sido un excelente congreso (Aplausos).  Es uno de los congresos en que se ha discutido con más amplitud, en que bajo ningún concepto se trató de rehuir uno solo de los temas; al contrario, hubo una exhortación constante a que se abordaran todos los temas por espinosos que fuesen, por complejos que fuesen, precisamente para sacarle a esta reunión todo el provecho posible, y me parece que lo hemos logrado.  Lo percibo no solo por las expresiones de los compañeros, sino también lo percibo por ustedes.

Tengo el hábito de observar el comportamiento individual, el comportamiento colectivo, los rostros, los estados de ánimo, es algo que uno va aprendiendo a lo largo de los años, y esta tarde, sobre todo, hubo un momento, después que habló el compañero de Santiago de Cuba, después que los orientales pidieron retratarse y después que acordamos cómo iba a ser el programita final —porque siempre pueden surgir imprevistos, puede prolongarse un debate, pueden surgir cuestiones nuevas, y uno no podía decir, bueno, cuándo hacemos un receso, o cuándo se hace la comida, o cuándo se presenta al Comité Nacional y cuándo se hacen por fin las conclusiones—, en que pude percibir el espíritu de lucha, pude percibir el entusiasmo, pude percibir la disposición de ustedes, pude percibir incluso la satisfacción de ustedes por la forma en que se desarrolló el congreso y por los frutos que la Revolución va a sacar de este congreso.  Es lo que queremos decirle a nuestro pueblo, fundamentalmente, esta idea trasmitírsela.

Esto ha sido posible, es necesario expresarlo categóricamente, gracias a un trabajo extraordinario que se ha realizado a lo largo de un año, bajo la dirección del Buró Nacional de la UJC.  Realmente aquí donde se han hecho reconocimientos, hay que hacerle un reconocimiento muy sincero, muy sentido a los compañeros del buró y a los numerosos cuadros que, bajo la dirección de Otto, trabajaron desde la convocatoria hasta este mismo minuto (Aplausos).  

Han trabajado sin descanso y sin tregua; han recorrido quién sabe cuántos kilómetros.  Si los sumamos, entre los que recorrieron unos y otros, se podría llegar a la Luna y tal vez más allá de la Luna con los kilómetros recorridos a lo largo de toda la isla, con las visitas realizadas a todas las provincias y a todos los municipios; con las miles de reuniones que han sostenido a lo largo de este año, en condiciones difíciles, en un trabajo difícil, con nuevas generaciones de jóvenes, muchos de los cuales —como vimos aquí— tenían solo ocho años cuando comenzó el período especial; nacidos todos después del triunfo de la Revolución, y una gran parte de ellos, sobre todo los estudiantes de nivel medio, de los tecnológicos y universitarios, incluso los universitarios con que ustedes han trabajado, eran prácticamente adolescentes, estaban terminando la secundaria, o estaban, incluso, empezando la secundaria muchos de ellos cuando comenzó el período especial.

No he mencionado a los niños con los que ustedes trabajan; no hemos mencionado a los pioneros de secundaria básica, y que tan extraordinario ejemplo nos dieron cuando aquí hablaron dos de ellos que ingresaron en las filas de la juventud comunista en noveno grado.  Y de ahí surgió, incluso, la idea demostrativa de que no podemos subestimar en lo más mínimo el talento de nuestros jóvenes y de nuestros adolescentes de que ese proceso se iniciara al final del octavo grado, para que ya en el noveno grado existiese un núcleo de militantes de la juventud comunista.  Ese fue uno de los problemas que se debatieron aquí bastante, asociados al hecho de que por unas razones o por otras no había comités de base en esos centros que son tan importantes: las secundarias básicas.

La población creo que pudo ver por televisión la intervención de la pionera recién ingresada, y de la otra pionera, y créanme que yo he escuchado comentarios de que la impresión recibida por los que pudieron verla fue realmente profunda.

Es para citar solo, de lo mucho que hemos aprendido —fíjense bien—, de lo mucho que hemos aprendido en este congreso, no solo ustedes, sino todos nosotros.  Y lo importante no es que solo los dirigentes de la Unión de Jóvenes Comunistas sepan muchas cosas y tengan mucha información importante, sino que todo eso también lo sepamos nosotros que tenemos posibilidades de cooperar con ustedes en la tarea que están realizando.

Nos vamos de aquí, después de tres días, con mucho más conocimiento y mucha más conciencia de este importantísimo aspecto, esta importantísima tarea de la Revolución, esta decisiva tarea de la Revolución que están realizando ustedes.  Eso fue posible, desde luego, porque se hizo una magnífica selección y elección de los delegados, representativos —como decíamos hoy al mediodía a los miembros del Comité Nacional— de decenas y decenas de miles con cualidades reales o potenciales similares a las de ustedes, que han sido electos con esa impresionante votación, casi unánime, por parte de todos los delegados del congreso.  La selección fue posible como resultado de todo el proceso que mencionábamos anteriormente.

Ya cuando nosotros leímos el informe, nos dimos cuenta y tuvimos una idea no solo del trabajo, sino de la calidad del trabajo durante ese proceso que duró un año.  Fueron valientes en la elaboración del informe, no ocultaron una sola palabra.

Yo leí el informe la víspera de la reunión, quería traer más frescas las ideas de su contenido, y, curiosamente, como este venía discutiéndose y hasta se había publicado, ya era de conocimiento de algunas agencias de cables, me enteré de algunas de las cosas del informe; claro, como regla, no de aquellos éxitos, sino de aquellos puntos en que ustedes reflejaban debilidades en el trabajo, deficiencias, índices menores de militantes de la juventud que aceptaban o tenían interés en ingresar en el Partido, índices menores de militantes en algunos sectores, en algunas ramas.  Es decir, todas aquellas cosas que aparentemente pudieran dar idea de una pérdida de la fuerza de la UJC, muy lejos de imaginarse posiblemente que lo que este informe refleja, pero, sobre todo, lo que este congreso refleja es un creciente fortalecimiento de la UJC para llegar a ser y a disponer de experiencia y organización de fuerza superior a la que haya tenido nunca, de un prestigio y una influencia superior a la que haya tenido nunca, y en sectores claves, verdaderamente estratégicos de la sociedad de hoy y, aun mayor, de la sociedad futura, del país futuro; de una organización como la que se requiere en estos tiempos, en estos tiempos históricos.

Si para muchos es historia, porque eran muy pequeños o no habían nacido, grandes y extraordinarios episodios ocurridos desde el triunfo de la Revolución, yo no tengo la menor duda de que esto es historia.  

Ustedes les llaman historia a todos aquellos acontecimientos, porque tienen que leerlos en los libros de la historia pasada, y nosotros decimos que será histórico este congreso, porque estamos leyendo la historia futura, o estamos leyendo en la historia futura lo que estamos haciendo (Aplausos).  

Los felicito, realmente, por la valentía con que señalaron todos los índices desfavorables, hicieron hincapié y plantearon las dificultades, que las conozcan nuestros enemigos; incluso, sería bueno que se ilusionaran y creyeran que la Revolución pierde fuerzas, y que la juventud gana fuerzas.  Ganar fuerza es aprender, ganar fuerza es batallar; poseer fuerza es acumular experiencias y más experiencias, poseer fuerza es ser ya veteranos.  

Al decirles esto recordaba nuestros inicios en la Sierra Maestra, nuestros reveses producto de nuestras inexperiencias; nuestro terrible revés inicial, y no era el primero, ya habíamos tenido un serio revés unos pocos años antes.  ¿Cuántos?  Tres años y tanto, porque entre el primer revés el 26 de julio de 1953, y el segundo revés en 1956, el 2 de diciembre, habían pasado tres años y cuatro meses, aproximadamente.  Después del primero no hubo ni el más mínimo desaliento.

Y vean ustedes cuántas cosas ocurrieron en aquellos tres años y cuatro meses: fuimos juzgados, fuimos encarcelados; tuvieron que liberarnos.  Aquello no fue casual, fue resultado de la lucha de nuestro pueblo y fue resultado de la lucha de aquellos que estábamos allí presos y que en aquellas prisiones libramos una batalla ideológica, una verdadera batalla ideológica y de denuncias que fueron levantando el espíritu, fueron sembrando la verdad en la mente y en el corazón de nuestro pueblo, las ideas revolucionarias en el corazón y en la mente de nuestro pueblo, a partir de un diluvio fabuloso de calumnias que pudiéramos decir que era, incluso, superior al diluvio de calumnias a que está sometida la Revolución a nivel mundial, sin que logren por ello, ni mucho menos, engañar a decenas de millones, o a cientos de millones, y tal vez, incluso, a miles de millones, porque los pueblos, los seres humanos de ese inmenso Tercer Mundo, aun cuando puedan ser analfabetos, tienen algo que se llama instinto político.  

Hay un instinto político —y nosotros lo conocemos bien—, porque sin ese instinto político no habríamos logrado obtener el apoyo de millones de nuestros compatriotas, cuando incluso había ignorancia política muy grande, no solo ignorancia escolar, sino ignorancia política.  La revolución que triunfa es la revolución de un pueblo sin una cultura política, pero con un gran instinto político.  

No convencimos nosotros —como hemos dicho en otras ocasiones— a los campesinos con los que nos encontrábamos hablándoles de socialismo, o hablándoles de teorías revolucionarias, sino con el trato, con el comportamiento hacia ellos, el respeto, la forma en que adivinaron que éramos amigos de ellos, en que compartíamos los sufrimientos de ellos, e incluso el odio de ellos a la injusticia, a esa opresión que veían todos los días, a esos desalojos que habían visto en muchos lugares y que sabían que más tarde o más temprano les tocaría también a ellos, a aquella Guardia Rural, a aquellos soldados que con arrogancia y prepotencia se paseaban por caminos y guardarrayas, en los llanos y las montañas, al servicio de los poderosos, de los terratenientes, de los explotadores.  Lo veían por instinto; y cuando vieron, aunque fuese a un puñado de hombres, raídas sus ropas, con sacos en las espaldas en vez de mochilas de lona o correas, y con unos fusilitos y pocas balas, veían por lo menos en aquellos a alguien que se estaba enfrentando a todo aquello y a todo aquel poder, frente a lo cual, por su imaginación no pasaba ni siquiera la idea de que fuera posible combatir.

Les he citado este recuerdo, entre otras cosas, para señalar que hoy este grupo —y pienso en el Partido, y pienso en la juventud comunista— no somos siete, como fueron los primeros que nos reagrupamos después de ese segundo revés.  No éramos 12 cuando ya habíamos recogido algunas armas dispersas y elevado el número a 12.  No éramos alrededor de 17; aunque por ahí en los datos se habla de unos 20, eran 17 armas de guerra con las que contábamos cuando la primera pequeña y gran victoria, porque fue la lucha contra una pequeña guarnición de 10 soldados y marinos, pero fue la primera victoria contra aquel invencible ejército y fuerzas armadas que contaban con 80 000 hombres, organizados, adiestrados y armados y, además, asesorados por Estados Unidos.

Bien sabíamos lo que vendría detrás de nosotros después de aquel primer golpe.  Pero nosotros pensábamos, hacía mucho tiempo, que no se obtenía una victoria contra aquellas fuerzas.  No habíamos tardado ni cinco días y les emboscamos un batallón de sus mejores tropas, de los paracaidistas del ejército, y esa vez fue un pelotón completo que fue derrotado cinco días después.

Vean el ritmo que llevábamos, y lo hubiéramos llevado mucho más rápido.  No es necesario decir nada más que tuvimos dificultades y tuvimos traiciones que retrasaron aquel desarrollo, incluso durante meses, y estuvimos a punto de ser exterminados. Pero bien, las dificultades eran inmensas y éramos 7, 12, 17, 30, porque las armas que le ocupamos en el primer combate sumadas a las que llevábamos elevaron a 30 las que disponíamos.

La guerra en la Sierra, si hubiéramos tenido al desembarcar la experiencia que adquirimos en un año o en 14 ó 15 meses, habría durado como máximo, máximo, máximo, con nuestros 82 hombres, que desgraciadamente desembarcaron en un pantano y no  donde debíamos haber desembarcado, prácticamente ya de día y prácticamente sin combustible. En la idea estaba tomar el cuartel, de Niquero, para seguir hacia la montaña —es decir, la idea ambiciosa de comenzar tomándole un cuartel; si fuera ahora, tal vez habríamos hecho solamente un pequeño cambio de táctica nada más—, les puedo asegurar que aquella guerra, con nuestros 82 hombres, nuestras 55 mirillas telescópicas, aproximadamente, me parece que no exagero si digo que habría durado alrededor de seis meses.  Es lo que habríamos necesitado, porque la reacción del pueblo era automática y cada victoria multiplicaba su aliento, su decisión.  En el pueblo aquel de Cuba, que tenía más que una cultura política, instinto político, ideas nobles, ansia de justicia y tradiciones históricas que no habían podido ser todavía borradas por los 60 años de ocupación directa o indirecta de las fuerzas del imperialismo y no necesitaban su ejército cuando crearon aquí uno para que hiciera su tarea, no habían aplastado esas tradiciones todavía, y todo eso ardió como pólvora.

Si el 26 de julio tomamos el Moncada y ocupamos las armas que íbamos a trasladar inmediatamente hacia otros edificios de la ciudad para armar al pueblo de Santiago de Cuba y las estaciones de radio para comunicarnos con el resto del pueblo, estoy seguro de que habría triunfado la Revolución; un poco prematuramente, y digo prematuramente, porque triunfó seis años después —quizás el tiempo necesario para que se estableciera un cierto equilibrio entre dos grandes polos de poder en el mundo—, tal vez un triunfo el 26 de julio no habría encontrado las condiciones internacionales para la supervivencia de la Revolución.  Así que aquel tiempo, a mi juicio, cambió, en cierta forma, o mejoró mucho la correlación de fuerzas que tenía entonces la Unión Soviética.

En 1953, si se analiza incluso los dirigentes que en ese momento estaban y otros factores que no voy a enumerar, no habríamos tenido el apoyo que se hizo tan imprescindible cuando se quisieron lanzar contra nosotros para destruirnos, apenas unas semanas después del triunfo de la Revolución, cuando vieron que aquellos hombres no eran hombres que podían ser comprados con unos cuantos millones de dólares, ni con miles de millones de dólares.

Yo creo que pronto lo aprendieron, pronto vieron que había un pueblo en Revolución, pronto vieron que había un ejército nuevo con el cual no se podía conspirar para dar golpe de Estado y un pueblo armado, ya eso era mucho, y mucho menos tolerable.

Cometieron el error de imaginarse que lo de Cuba era lo de Guatemala, en la época de Arbenz, y que con una expedición mercenaria lo resolverían; pero no crean nunca que en el pensamiento de ellos estaba que se produjera una sublevación.  Lo de ellos era establecer una cabeza de playa, sencillamente, que justificara una intervención de la OEA, y para eso traían un gobierno provisional para aterrizar en la Ciénaga de Zapata,  donde habíamos hecho tres carreteras asfaltadas prácticamente en unos meses después del triunfo de la Revolución y hasta una pista de aterrizaje,  y allí iban a aterrizar con el gobierno para que convocara a la OEA.  Ese era el pensamiento íntimo, no está en los analistas de ellos ni en los materiales que han revelado; pero nosotros sí comprendimos inmediatamente cuáles eran los propósitos.

Del 26 de Julio de 1953 al Primero de Enero de 1959 habían transcurrido cinco años, cinco meses y cinco días.  En cinco años pasamos del gran revés del ataque al Moncada a la victoria del Primero de Enero.  La derrota total de aquel ejército, aquella fuerza armada, fue derrota militar, fue derrota psicológica, fue derrota moral, porque no en balde hubo de nuestra parte una política de guerra que se caracterizó por el más absoluto respeto a los prisioneros, a los que poníamos en libertad en 24 ó 48 horas, los que se convirtieron en los mejores propagandistas de los revolucionarios en las filas de aquel ejército.  Los trasladaban de región y meses después de la última ofensiva ya estaban las tropas rebeldes allí o en otros lugares, y hubo soldados que se rindieron tres veces; al principio luchaban prácticamente hasta la muerte, creyendo las leyendas de que los íbamos a asesinar, a matar.  

No hubo un solo prisionero golpeado o asesinado en nuestra guerra de liberación; y fue lo mismo que hicimos en Girón: no hubo un solo prisionero golpeado o asesinado en los combates contra aquella invasión mercenaria, y ya no eran las ideas de un puñado de hombres o de unos cientos de hombres, sino de las decenas de miles de milicianos, de los cientos de miles de milicianos, porque fueron milicianos fundamentalmente los que combatieron allí, y ya ese principio, férreamente establecido, de no golpear un prisionero, se cumplió, y se ha mantenido hasta hoy intocable e incólume, porque nos educamos en el odio al crimen, nos educamos en el odio a la tortura, nos educamos en el odio a los abusos de poder y todo eso.  Lo que no implica, desde luego, que la Revolución no fuese capaz de sancionar ejemplarmente, o todo lo ejemplarmente posible, a los criminales de guerra que no lograron refugiarse en Estados Unidos con su botín y sus millones y millones de dólares.

Les he hecho esta historia nada más, y por ello me he obligado a extenderme un poquito más de lo que pensaba, porque la asocio a esta lucha que estamos librando ahora, y hasta incluso contra los errores y debilidades en que hayamos incurrido.  Es la lucha de cientos de miles de militantes del Partido y de la juventud, estrechamente vinculados a las organizaciones de masa, entre ellas el CDR, que abarca el 90% de nuestra población.  Desde luego, de más estaría decir que comprendemos perfectamente que señalar esa cifra no significa la idea de que el ciento por ciento de ese 90% sea revolucionario; pero sí sabemos y hemos tenido muchas pruebas, cada vez que llega un momento de prueba, de que la inmensa mayoría de ese 90% reacciona revolucionariamente, y sabemos cómo reaccionan los obreros, cómo reaccionan los campesinos, cómo reaccionan las mujeres y cómo reaccionan los estudiantes.

Una de las cosas extraordinarias de nuestra Revolución es que desde que vino al mundo —y pudiera decirse que las ideas de nuestra Revolución se engendraron en aquella colina universitaria— hubo esa estrecha vinculación de hermanos gemelos, y casi casi podría decirse de hermanos siameses, entre Revolución y juventud, entre Revolución y estudiantes (Aplausos).  Vayan a buscarla en algún otro país del mundo en un grado tan alto como el que existió, existe y existirá siempre en este proceso que tiene que llamarse Revolución (Aplausos).  Sí, no es una manía, porque esta Revolución está recién nacida, esta Revolución nace; si acaso, es adolescente esta Revolución, porque las ideas que nosotros representamos, la justicia que nosotros defendemos, la causa que nosotros defendemos es hoy la causa, y no puede haber otra que la causa de miles de millones de personas en este planeta.

Cuba tiene voz que se escucha, y esto no se dice a partir de teorías, sino de hechos, y son tantos que no vale la pena enumerarlos; pero en Naciones Unidas, en el Caribe —y hoy podemos decir que en todas partes—, en Africa, allá donde está el Tercer Mundo, las votaciones suelen ser unánimes, ¡unánimes!, con Cuba, y las ideas reaccionarias, de bloqueo contra el país, vean ustedes qué derrota sufren, porque no tienen ya ni el apoyo de muchos de sus más estrechos aliados, como ocurrió en Naciones Unidas, en que se alcanzaron 157 votos contra dos, y si se excluye el de Estados Unidos, contra uno; quítennos un voto a nosotros, el de Cuba, y serían 156 contra uno, el de Estados Unidos.

Por ello a esta Revolución sí hay que llamarla Revolución, no está vieja, como creen algunos idiotas en el mundo que no son capaces de darse cuenta de que es cuando más adolescente es esta Revolución, que anda por la secundaria básica, cuando se analiza todo lo que tenemos que aprender y todas las ideas que tenemos que desarrollar.  Y digo ideas porque esta lucha de la que estamos hablando va a ser fundamentalmente una lucha de ideas, no serán guerras; los problemas del mundo no se resolverán con armas nucleares, es imposible, ni se resolverán mediante guerras, e incluso digo más, no se resolverán mediante revoluciones aisladas que, en este orden implantado con la globalización neoliberal, pueden ser aplastadas sencillamente en cuestión de días o, cuando más, de semanas.  

Esta Revolución no puede ser aplastada ni en días, ni en semanas, ni en meses, ni en años, ni en decenas de años, ¡ni jamás! (Aplausos.)  Y no lo estoy diciendo recién desaparecida la URSS; lo estoy diciendo ahora, cuando hace unos cuantos años desapareció la URSS y tuvo nuestro pueblo la presencia de ánimo, a 90 millas del más poderoso imperio, que quedó como potencia unipolar, y tomó la decisión de luchar y de resistir, y de resistir defendiendo la Revolución, la patria y las conquistas del socialismo (Aplausos).  Fíjense bien que dijimos conquistas, y dijimos conquistas porque teníamos que salvar la patria, la Revolución y las conquistas, porque venía un período de resistencia en esos años de período especial: doblemente bloqueados en determinados momentos, todos los mercados perdidos, recrudecido el bloqueo con dos brutales leyes, la Torricelli y la Helms-Burton, durísima en lo económico una, pero acompañada de la idea de envenenarnos, de corroernos, de influirnos, aprovechándose de las condiciones tan difíciles que cualquiera comprendía que podía soportar el país.

Pero no hicieron esa Ley Torricelli de modo inmediato.  No, cuando vieron que pasaron varias semanas y la Revolución se mantenía, y pasaron varios meses y la Revolución se mantenía, y pasó ya un año y la Revolución se mantenía, cuando se acercaban los dos años y la Revolución doblemente bloqueada se mantenía, inventaron esa ley y la aprobaron.  Pero como vieron que la Revolución resistía y se mantenía, inventaron la otra con la idea de extenderla a todo el mundo, y ahora ven que, con todo eso, la Revolución se mantiene, entonces empiezan, incluso, muchos allí, a cuestionarse si no resulta disparatada esa política, y es creciente el número de personas y de personas inteligentes, incluso de muchos periódicos, que dicen que todo eso ha sido inútil.  Incluso algunos de los que protestan dicen:  No, la mejor arma es esta:  influir, influir, influir, ganarle mediante la ideología, las ilusiones de la sociedad de consumo, la mentira, los medios masivos de divulgación.  Esa es la idea, hoy están pensando en eso más que en nada.

No por ello, sin embargo, podemos descuidar la defensa ni un minuto, porque con las desilusiones y un cambio de administración por un grupo fascistoide o una extrema derecha se puede hacer de suficiente poder como para volver a las viejas andanzas. Los peligros de agresiones militares no pueden descartarse totalmente; pero hoy, hoy eso es lo importante:  la batalla es batalla de ideas.

La Revolución pudo resistir porque sembró ideas.  No creció la isla, y hace años que no recibimos ni una bala de ninguna parte; hay con las que tenemos y con las tácticas de la guerra de todo el pueblo, y con lo que hemos visto: casos de muy pequeños países que no han podido ser vencidos —casos recientes, no hace falta mencionar nombres— ni siquiera en lucha contra el inmenso poderío militar.  Es decir, no podemos descartarlo, el hecho de que no lo descartemos no significa que no tengamos la absoluta convicción de que esta Revolución no se puede aplastar de ninguna forma, y resistió porque sembró ideas.

A medida que transcurre el tiempo y aceleradamente se globaliza el mundo, aceleradamente se establece un orden económico mundial insostenible e insoportable, las ideas, que son la materia prima con la que se forman conciencias, son la materia prima por excelencia de la ideología; pero prefiero llamarlas materia prima de la conciencia para decir que no es con ideología estricta, sino con una conciencia avanzada, es decir, con una convicción a la que van a ir arribando inevitablemente cientos de millones y miles de millones de personas en este planeta, y que será sin duda la mejor alternativa para que esas ideas lleguen a triunfar en todo el mundo.

Es decir, hoy estamos armados con ideas los muchachos de la “secundaria básica”, y ya tenemos un determinado arsenal de ideas que es resultado del desarrollo de las ideas de las cuales partimos, de la experiencia acumulada y de la aplicación de esas ideas a las nuevas realidades del mundo.

No son las armas, son las ideas las que van a decidir esta lucha, digamos que universal.  Y no son las ideas por sus valores intrínsecos, sino por lo que tan estrictamente se ajusta a las realidades objetivas del mundo de hoy.  Son ideas a partir de la convicción de que matemáticamente el mundo no tiene otra salida, de que el imperialismo no puede sostenerse, de que el sistema que han impuesto al mundo no puede sostenerse y que lo conduce así mismo a un desastre, a una crisis insalvable, y me atrevería a decir que más temprano que tarde.

Esto que les estoy diciendo aquí públicamente es un elemento de juicio más, quizás uno de los más importantes, para valorar lo que estamos haciendo, para valorar las tareas de nuestra juventud, de nuestros estudiantes.  Es a partir de esas premisas y de esas convicciones que valoro lo que hemos analizado y lo que estamos haciendo en estos días; no es lo único ni mucho menos, pero tiene el valor de lo esencial.

Esta pelea que ustedes están librando no puede perderse.  Sin las tareas que ustedes tienen que cumplir, sin el trabajo que ustedes van a realizar —y lo van a realizar, no tengo la menor duda, de forma absolutamente exitosa—, no se podría hablar de lo que soñamos, no solo para nuestros compatriotas sino para todos los habitantes de este planeta.

Al principio estábamos haciendo nuestras luchas, unidos estrechamente a todas las fuerzas revolucionarias y progresistas, hasta el momento en que nos quedamos prácticamente solos.  Es grande el mérito de nuestro país y de nuestro pueblo al haber tenido la decisión, la convicción y el valor de seguir esa lucha en esas condiciones, es muy grande, y por eso no es tan difícil leer en la historia futura el valor y la importancia de lo que estamos haciendo en este momento.

Hoy lo digo aquí en este congreso, es el mejor lugar para decirlo, más aún que en una reunión del Comité Central de nuestro Partido; más aún, incluso yo diría, que en un congreso de nuestro Partido, no porque tenga menos jerarquía el Partido o tenga menos importancia el Partido, sino porque son ustedes los que tienen que continuar esta lucha, ustedes los que están aquí en este congreso (Aplausos); ustedes que son la segunda de las tres generaciones que mencionan ustedes en este informe.  ¿A cuál llaman a ustedes la tercera, desde qué edad?  ¿Estos que están aquí delante...? (Otto le dice que hay una mezcla de la tercera y la cuarta.)  ¡Ah!, ustedes están hablando de cuatro, no está mal, podemos hablar de cuatro generaciones. ¿Y nosotros a cuál pertenecemos?  (Otto le dice que esa es la primera de la Revolución.)  No, pero, espérate, es que aquí yo veo a un montón de gente que está casi empatada; yo no sé si Abel pertenece a la primera (Otto le dice que Abel pertenece a la segunda).  Digamos, ya somos una mezcla de dos generaciones:  esta que dirige el Partido, es decir, una parte de esa generación está aquí, la que está, digamos, ya en la universidad (Otto le dice que en la Universidad tenemos de la cuarta).  No, haciendo un símil, ya nosotros estamos en la universidad y ustedes están, digamos, en la secundaria (Risas); ustedes, estoy hablando de los cuadros.  Sí, ya a los niños de secundaria hacia abajo y hasta de pre hacia abajo  —porque ustedes son desde los 30, ¿eh?, no se olviden—, si quieren les ponen la tercera o la cuarta, pero es tres más o menos.  

Entonces, las legiones de la vanguardia de los jóvenes comunistas irán pasando al Partido, e ingresarán jóvenes en la dirección del Partido y en relativamente poco tiempo.  Ya serán ustedes —y depende, ¿no?—, creo que los más jóvenes de aquí, de los que estamos por acá, puede ser que logren ver, aún en su condición de dirigentes, la debacle del imperialismo; ya otros no podemos hacernos ilusiones, ni nos importa, ni nos preocupa, porque ya lo estamos viendo con tanta claridad como si estuviera ocurriendo en estos momentos. Quiero decir que nosotros también seremos testigos, porque lo somos desde ahora, aunque no estemos aquí participando en la dirección del Partido. No me refiero a mí, no; me refiero a esa generación del Moncada, mezclada, y bastante mezclada, creo que estamos en minoría ya, o hace rato estamos en minoría.  ¿Cuál es la proporción, Machadito, más o menos?  (Machado le dice que están en minoría.)  Estamos en franca minoría, pero nosotros nos acogemos a la consigna de ellos.

¿Cómo decían por ahí?  (Otto le dice que “eternos jóvenes rebeldes”.)  ¡Ah!, eternos jóvenes rebeldes. Qué buen nombre, ¿verdad?  Espero que a nosotros nos apliquen también el título, aunque no hayamos tenido el privilegio ese de poder legar imágenes tan extraordinarias como las de ellos.  Póngannos ya viejos, incluso, a algunos de nosotros por allá en alguna esquina, pero llámennos eternamente jóvenes (Aplausos); y, al igual que ellos están combatiendo con ustedes, nosotros estaremos también combatiendo con ustedes.

No, no tienen ni que acordarse mucho de nosotros. Eso no importa, serían vanidades, sueños ridículos de gloria, olvidarnos de aquello que dijo Martí sobre el grano de maíz y la gloria.  No, es una satisfacción que tenemos ahora; es la convicción que tenemos, la confianza que tenemos en ustedes.

Ya decíamos que especial atención y meditación debemos tener para que esto sea así, para que aquí nunca pasen cosas que ocurrieron en otros sitios; y tenemos derecho a pensar que pasen cosas que no ocurrieron en otros sitios, porque nunca, en ningún sitio, ningún pueblo hizo lo que el pueblo de Cuba está haciendo hoy (Aplausos). Y lo que está haciendo hoy con ideas y sembrando ideas y cultivando ideas y desarrollando ideas, será imposible que pueda terminar de otra forma sino con la victoria de las ideas, con la confianza de que esta Revolución no desaparecerá ni se derrumbará, porque está sedimentada sólidamente sobre ideas que se profundizan y se desarrollan.

Las ideas son invencibles, y Martí dijo dos cosas sobre las ideas: Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras, una causa justa desde el fondo de una cueva puede más que un ejército.

Estoy recordando en este momento los días posteriores al 26 de julio, cuando nosotros estábamos en el fondo de una cueva, y bien en el fondo de la cueva, y después por allá por la Isla de Pinos.  Teníamos convicciones, teníamos confianza.  Me viene a la memoria constantemente esa idea y la quiero trasmitir.  No tengan la menor duda de que con el mismo espíritu, en este momento, estamos pensando en el futuro; con la misma seguridad de entonces estamos luchando por el futuro, y si desde el fondo de una cueva se tiene confianza, se tiene convicción y se lucha, y después de cada revés se lucha, se está demostrando realmente aquella tan extraordinaria idea martiana, porque Martí fue maestro de todos nosotros, fue el primer maestro.

Después también tuvimos otros maestros, otros grandes maestros a los que tenemos mucho que agradecerles; pero, de todas formas, Martí fue, es y seguirá siendo nuestro primer maestro, porque a partir de sus ideas y de la conciencia que pudimos ir adquiriendo a partir de sus ideas, fue que fuimos capaces de asimilar rápidamente las ideas del marxismo y del leninismo.

Ahora nos toca a todos seguir desarrollando esas ideas, porque más que nunca son los factores decisivos; no me atrevería, desde luego, de ninguna manera a asegurar que el mundo esté exento de los riesgos de catástrofes.  Cuando hablé de que la conciencia iba a ser el factor fundamental, que la crisis venía inevitablemente, estaba hablando de la mejor variante, porque una crisis catastrófica va a significar mucho sufrimiento para miles de millones de personas en el mundo, y ojalá las ideas y la conciencia lleguen a adquirir tanta fuerza en la inmensa mayoría de los pueblos de la Tierra, de modo que no se produzca una catástrofe, que matemáticamente tendría lugar si ese orden injusto, indigno de la especie humana se mantiene.  No estoy hablando del hombre de la edad de piedra, sino de este hombre que ha podido desarrollar sus millones de inteligencias, sus colosales avances científicos, su cultura, su conciencia, los medios de comunicación; tal orden sería incompatible con la existencia de la especie humana.

Desde luego, en la edad de piedra, ni los más geniales hombres de la edad de piedra habrían podido soñar con nada parecido; incluso hace 100 años nadie habría podido soñar con nada parecido.  Voy a decir más, hace 50 años nadie habría podido soñar con nada parecido.  Voy a decir más, hace 10 ó 12 años nadie habría podido soñar con nada parecido. Precisamente la desaparición del campo socialista, el establecimiento de una única potencia hegemónica, que fue precisamente la potencia imperialista, la implantación cruda y brutal de sus principios, de sus leyes, de sus instituciones económicas, es lo que ha creado esta situación que permite ver con absoluta claridad la rapidez con que el mundo se encamina hacia una sociedad distinta y hacia un mundo distinto, que no soportaría, ni puede soportar; ni el propio imperialismo sería capaz de soportar la situación creada.  La conjunción de factores y hechos es lo que permite hablar así.  

Hace 30 años era más incierto el desenlace final, hace 30 años se temían guerras nucleares mundiales y el peligro ese estuvo influyendo en la Tierra, determinando prácticamente el curso y el desarrollo de los acontecimientos; pero en su victoria sobre el campo socialista y la URSS, construyeron los cimientos de su derrota final como sistema y como concepción económica y política. En ese momento aceleraron ese proceso, se quedaron como los únicos dueños del mundo y lo implantaron.  

Ya habían implantado un gran dominio cuando concluyó la Segunda Guerra Mundial, pero existían dos potencias; ya dominaban económicamente todas las instituciones financieras internacionales: Fondo Monetario, Banco Mundial, y otras similares. Ahora, cuando se constituyeron en la única potencia hegemónica, aceleraron y le impusieron al mundo este proceso de globalización neoliberal, y no podía ser de otra forma porque, por definición y por naturaleza, era absolutamente imposible que el imperialismo y las teorías en que se apoya el imperialismo fuesen capaces de concerbirla de forma diferente.  Aplicaron lo único que podían aplicar, crearon aceleradamente lo único que podían crear, y en estos procesos, desde luego, digo que las ideas tienen mucha importancia, porque la falta de ideas puede prolongar el resultado final de los acontecimientos; la presencia de las ideas puede en cambio acelerar los procesos históricos.

Las ideas en este momento valen más que en el siglo pasado, las ideas en este momento valen más que cuando Marx escribió el Manifiesto del Partido Comunista y El Capital, porque estaba sembrando ideas para ir creando conciencia y formando un pensamiento que condujera a los pueblos a las revoluciones, y a los cambios, apoyándose en las leyes del desarrollo histórico; pero las ideas en este momento tienen la importancia de un mundo que está ya cambiando, de un mundo global que fue el que él soñó y a partir del cual desarrolló sus concepciones, puesto que no concebía ni podía concebir el socialismo en un solo país o en una sola región.

El veía a través del desarrollo de las fuerzas productivas la creación de las condiciones y de las circunstancias que harían posible la sociedad con la que soñó; pero esta sociedad de hoy, en tiempos de él era un sueño lejano.  La de hoy es una realidad: un mundo globalizado bajo la égida de una potencia unipolar, capitalista, imperialista y en medio de un desarrollo aceleradísimo de la técnica, de la ciencia y de las fuerzas productivas.  

Nunca estuvo más cerca la humanidad de poder crear bienes suficientes para todos los seres humanos, y estoy seguro de que cuando se concibió aquella sociedad, por la mente de Marx no debe haber pasado siquiera la idea de que cuando se dieran aquellas condiciones de tal desarrollo de las fuerzas productivas, en vez de 1 500 millones de habitantes, este planeta tendría 6 000 millones, lo cual lo hace todavía más extraordinario, puesto que se pueden resolver los problemas esenciales y vitales de  6 000 millones de habitantes con el desarrollo que ha alcanzado la ciencia, la técnica y con ella las fuerzas productivas, y aun para más, porque hay otro problema:  es que no son solo 6 000 millones, como hemos dicho; pronto, pronto, en unas decenas de años, serán 10 000.  

El problema tendrá que resolverse antes de que eso llegue, porque para los 6 000 millones de ahora, en su inmensa mayoría pobres, el mundo de ahora ya hace insostenible ese sistema.  Es decir que nunca se estuvo más cerca de esa posibilidad objetiva, por eso hemos dicho a veces que los acontecimientos en este momento se están adelantando a la conciencia de los pueblos.

Marcha este proceso hacia una crisis mucho más rápidamente de lo que se está desarrollando la conciencia de los pueblos acerca de estas realidades.  Claro que los mismos problemas ayudan a acelerar.

Es interesante hablar con una serie de personalidades sobre estos problemas, entre ellas una que va a venir a la reunión aquí, ¡qué convicción tienen acerca de los problemas!  No digo que todos hayan profundizado mucho sobre lo que va a ocurrir, pero sí han profundizado mucho sobre lo que está ocurriendo.

Las ideas no solo son un instrumento para crear conciencia para que los pueblos luchen, sino que las ideas se han convertido en el principal instrumento de lucha en este momento; no en una inspiración, no en una guía, no en una orientación, sino en el principal instrumento de lucha, y son ustedes los que tienen, primero, que profundizar todo cuanto se pueda.

Yo les decía hoy a los del comité que debía haber un grupo de compañeros del comité que estén permanentemente, los cinco días en que vamos a estar debatiendo mañana, tarde y noche —y lo que hemos hecho en estos días demuestra que se puede, ¿verdad?— entre distintas corrientes y distintas ideas políticas; los defensores de esa globalización neoliberal y los que se oponen. Debate de ideas.

Allí van a estar nuestros economistas que, por cierto, se sienten muy estimulados, porque han visto qué batalla tienen delante.  Hace 30 años no tenían tan excelente campo de batalla. Ahora están más felices que nunca como economistas, porque están en la batalla muy directamente, y están preparándose para ese debate; vamos a escuchar, sobre todo, y van a participar algunos; pero queremos que participen representantes de las distintas corrientes que se debaten en el mundo, los más capaces posibles que podamos reunir, para sacar todo el jugo que se le pueda sacar a ese debate de ideas.

¿Entonces estamos de acuerdo con estas cosas?  (Le dicen que sí.) He ido añadiendo una y la otra, he mezclado.  Incluso, cuando recuerdo lo de atrás y hablo de este momento, no es para recordarles a ustedes, sino para recordarles dentro y fuera de Cuba, a todos los que les pueda interesar el tema, que no somos ni 12, ni 15, ni 17, sino cientos de miles de combatientes portadores de las mismas ideas.

Cuando nosotros creíamos en las posibilidades de la Revolución y en la victoria de la Revolución, en esos momentos superdifíciles, ¿cuántos tenían, defendían o enarbolaban nuestras ideas, y cuántos son hoy los que enarbolan las ideas revolucionarias mucho más desarrolladas?

Dije que la experiencia era muy importante.  Los alentaba con ello a aprender rápido, a meditar mucho, porque cuando ya se adquiere una experiencia, entonces se puede hacer en mucho menos tiempo lo que hay que hacer a veces en años.

Yo cité nuestro ejemplo, porque dije que realmente nuestra guerra habría durado nunca más de seis meses; pero no teníamos la experiencia.  Hoy ustedes pueden avanzar mucho más rápidamente que nosotros porque tienen no solo las ideas, sino también la experiencia, y la experiencia de todos los demás.

Me acuerdo de un sentimiento que tuve el día Primero de Enero cuando se ganó la guerra.  Es que antes había tenido uno que se me parecía un poco, al del final de la última ofensiva contra nosotros en la Sierra Maestra.  Si uno de los batallones aquellos que teníamos cercados cae, el desastre ya habría sido de tal magnitud que se podía haber acabado la guerra en el mes de agosto, al final de la ofensiva.  

Estuvimos cerquita de lograr esos objetivos después de 70 días de combate.  No se perdía un minuto, un segundo; incluso a veces no anunciábamos un combate importante, sino 24 ó 48 horas después para dar tiempo, movilizar las armas, armar a los hombres que estaban esperando las armas y mover las tropas para caerles a otros batallones y cercarlos, no dejarlos escapar, mientras ellos estaban todavía con cierta inseguridad de lo que había pasado con su batallón, y ganábamos 24 horas, ganábamos 48 horas, y ya estábamos cercando a otros.  Es decir, cuando se aprende todo es diferente...  En ese momento, en agosto, recuerdo que era de lo que estaba pensando, cuando los combates finales de Santo Domingo. Una guerra se gana donde se derrotan las tropas de operaciones adversarias. Las tropas elites de Batista estaban allá en la Sierra Maestra y fueron derrotadas, de forma aplastantemente.  Comenzamos los combates con menos de 300 armas, y, al final de la ofensiva, teníamos 900 hombres sobre las armas.  Con esas armas organizamos las columnas del Che y Camilo que llegaron hasta Santa Clara; es decir, con las armas que ocupamos en esa ofensiva, invadimos el resto de oriente y llegamos hasta el centro del país.

Hay un momento en que a mí me parecía que hacía falta un poco más de tiempo, un poco más de desarrollo de nuestras fuerzas.  

De Carlos Rafael recuerdo una frase —yo mismo ni me acordaba—, pero él la recordaba siempre, es muy gráfica, pero no la voy a decir textualmente, voy a emplear otra palabra —en esa época éramos bastante malhablados, hasta llegamos aquí a Ciudad Libertad pronunciando algunas de las palabras que nos habíamos habituado a pronunciar y siempre protestando por algo, por un detalle— y le dije: “¿No se nos irán a rendir estos sinvergüenzas?”  Lo de sinvergüenzas es la palabra que sustituye otra que no la quiero pronunciar aquí, pero ustedes deben saber exactamente.  Eso se dice por ahí en la literatura.  Creo que es una palabra que se puede decir: el macho cabrío.  Le recordaba a Carlos: “¿No se nos irán a rendir estos machos cabríos?”  Creo que con las dos que he dicho, ya ustedes pueden deducir la tercera, ¿verdad?  (Risas.)  Y yo no pronuncio una palabra aquí grosera, ni mucho menos, o que pueda parecer grosera, por respeto a ustedes, al público y a todos.

Bueno, sí, transcurrieron alrededor de cuatro meses desde ese momento.  Ya estábamos a las puertas de Santiago de Cuba; ya  habíamos combatido contra el ejército —a la fuerza más poderosa que tenían, con tanques y todo— en las proximidades de Bayamo. Llegamos a las proximidades de Santiago de Cuba, montones de unidades cercadas, cuando llega el jefe de las tropas de operaciones del ejército a decirnos que habían perdido la guerra.  Eso ya fue entre el 25 y el 30 de diciembre, que estábamos discutiendo cómo la íbamos a terminar.

Se haría larga esta historia, no hay que repetirla, aunque estamos casi en este momento.  Fue por estos días, hace 40 años, que llegó el comandante en jefe de las tropas de operaciones enemigas, que tenía bastante autoridad, no era un esbirro, tenía bastante moral entre las tropas.  Pide una entrevista, llega en un helicóptero y se reúne conmigo, plantea, estamos discutiendo ya la rendición; pero le dije: Vamos a seguir las operaciones en que estamos enfrascados; el batallón de Maffo estaba cercado sin escape posible; en ese momento habría que precisar si habíamos tomado Palma, donde se les ocuparon en esa sola acción 350 armas; él me había dicho: “Hemos perdido la guerra.”

Ellos no solo la habían perdido militarmente; la habían perdido psicológicamente, la habían perdido moralmente.  Los combates que se libraron, como uno que se recordó recientemente, el de Guisa, fue contra el grueso de las tropas elites del ejército de Batista, que estaban en Bayamo y tenían tanques Sherman y todo eso; podían llegar a Guisa en cuestión de minutos, y la batalla fue allí: teníamos una compañía cercada, pero la lucha nuestra fue contra los refuerzos que era nuestro principal objetivo y luego se sucedieron combates importantes; él reconoce que perdió la guerra. Y con todo y eso: “Sí, pero vamos a ver cuándo y cómo la terminamos”.

Cuando, incumpliendo la palabra, dieron el golpe de Estado en la capital y obligaron al contragolpe nuestro que los puso fuera de combate en 48 horas, porque ya fue no solo militar, sino político, todas las tropas recibieron la orden de seguir avanzando, que no se produjera alto al fuego bajo ningún concepto, que había que destruir ese golpe, y se llamó a una huelga general revolucionaria, no hubo que disparar un tiro más, realmente.  A las 72 horas estaban ocupados todos los cuarteles, todas las posiciones y todas las armas: a lo largo y ancho del país había desaparecido el ejército enemigo.  

Pero esa mañana del 1º de Enero, cuando llega esa noticia y se da cuenta uno de que se ha acabado la guerra, y que empezaba otra tarea muy difícil, les confieso que de repente sentí algo por dentro, una cosa extraña:  Caramba, si lo que nosotros hemos aprendido a hacer es esto, es de lo que más sabemos, y ahora tenemos que empezar a hacer otra cosa que es de la que menos sabemos, tenemos que aprender a hacer lo que tenemos que hacer en lo adelante: la Revolución. Ahora no podríamos pensar así, ahora no se trata de un grupo de dirigentes, ni mucho menos, se trata de una legión enorme de personas, de cuadros que tenían por delante esa tarea.

Todos nosotros hoy sabemos bastante lo que hay que hacer, debemos añadir solo que tenemos que aprender cada día mejor lo que hay que hacer, y esto somos nosotros hoy: veteranos, aun siendo jóvenes.  Ahí está ese compañero, que nos  narró algo de Cuito Cuanavale, a esa edad, con esa experiencia, 11 condecoraciones, una carrera militar.

Nosotros en la Sierra Maestra no teníamos ni uno solo como ese, digamos, con los conocimientos y la experiencia que tiene él; ni uno solo como aquella compañera que habló de la brigada, nada; ni un solo oficial de academia, y ahora nos encontramos con 600 000 —quítale 100 000 si quieres—, con medio millón de graduados universitarios, entre ellos 64 000 médicos y ni se sabe cuántos profesores y maestros con títulos universitarios.  Vean, lo que tenemos, un desarrollo cultural impresionante.  

Vale la pena mencionarlo, porque otro gran acontecimiento que ocurrió en días recientes, algo realmente extraordinario, fue el congreso de escritores y artistas cubanos, de la UNEAC, ¡realmente extraordinario!, porque la batalla en ese campo es dura, es difícil, y los intentos, la invasión imperialista es universal en ese campo.  Allí pudimos percibir cómo esa invasión cultural que viene del imperio es lo que más ofendía y lo que ofendía de manera prácticamente unánime a nuestros escritores, artistas e intelectuales.  Es de otro carácter, pero una importante batalla.

También tuvimos un excelente congreso de los CDR; pero yo he tratado de enmarcar la importancia de este y el porqué, es esa la idea.  Es por eso que he ido poniendo ejemplos y he vuelto hacia atrás y hacia adelante, lo he hecho deliberadamente y tratando de recordar si algo más tuviera que decir; pero les he dicho todo, lo tienen todo, lo tenemos todo.  ¿Qué nos puede desalentar?  ¿Qué nos puede desanimar?  ¿Quién puede detener la marcha victoriosa de este proceso y de estas ideas?  Tendremos bajas en el camino, y las vamos teniendo, claro, bajas ideológicas, bajas políticas; perdemos algunas y ganamos otras, y podemos enraizar más las ideas en esas nuevas generaciones, en esos jóvenes que ahí están representados por la niña que ya mencioné; le digo niña, pero es la adolescente que ya mencioné, la mujer que ya mencioné, porque es un cuadro.

Tenemos bajas en nuestro frente interno y ganamos muchas altas en el frente externo.  No se olviden de que ya esta no es nuestra batallita, que se convirtió en colosal batalla a partir de aquel momento en que nos quedamos solos, sin vacilar un solo instante en seguir adelante.  Puede haber habido muchos escépticos, pero después el número de los escépticos fue disminuyendo, se fueron polarizando más los incorregibles y los que tenían más potencial.  

Aquí hablábamos del índice de tantos que quieren entrar al Partido y tantos no.  Yo creo que es importante como índice de trabajo de ustedes, y aunque es deber tratar de que todos sean vanguardias, pasará tiempo antes de que todos seamos vanguardias.

Ser vanguardia todos los días, que es lo que requiere un verdadero militante comunista, es posible y hasta relativamente fácil para muchos, y debemos tratar de que el número crezca; pero que todos sean vanguardias todos los días no lo considero posible por ahora, hay muchas influencias de ese mundo occidental y de esa sociedad de consumo y muchas cosas enajenantes, y son realidades que están ahí.  Ahora, ser vanguardias todos un día sí lo he visto, y lo vi cuando la Crisis de Octubre; se puede decir, todos, hay algunas excepciones, pero se puede decir que era un pueblo entero.  Es decir que nuestro pueblo es capaz de ser vanguardia en determinado momento y en determinadas circunstancias, todo.  Digamos, todos, qué sé yo, el 90%, más del 90%; pero ser vanguardias todavía no es posible, pensando en todos.

De modo que ese índice que puede ser bueno ahora, puede ser una elevación al absurdo si la meta es convertir a todos absolutamente en vanguardias.  No olvidarse de que el Partido es un partido de vanguardia, no olvidarse de eso.  A mí no me preocuparía, te lo digo sinceramente, que me dijeran: Mira, ha disminuido el número de militantes del Partido.  No, no ha disminuido, sino por el contrario, aun en período especial ha seguido creciendo; pero pudiera ser posible.  Ahora, de lo que no tendría duda es de que los que fueran quedando serían más sólidamente revolucionarios.  Una reducción, en determinadas circunstancias, puede significar un cambio de cantidad por calidad.  Y no, yo deseo que sigamos creciendo, pero siempre con calidad.  Estoy seguro de que un buen trabajo conduciría a eso, como está trabajando ahora nuestro Partido.  Los índices hay que analizarlos así como yo los miro siempre.  No dejen de luchar por eso.

Es más bien un buen resultado si, de los que llegan a la universidad, uno de cada dos lo son.  Pero no hay que desesperarse, en algunos hay más, en otros menos.  Hay que trabajar como ustedes lo han planteado aquí en este congreso.  Pero esos índices tienen un valor relativo.  Pienso que debemos aumentar ahora, a partir de este congreso; porque la reducción del número no se reduce solo porque ha disminuido la masa total de jóvenes entre esas edades, se ha reducido también como consecuencia de deficiencias, de errores, debilidades en nuestro propio trabajo, como ha pasado en muchos sectores, con muchas cosas.  Al mejorar la calidad del trabajo de ustedes, aumentará el número de militantes; más bien aumentará, en la medida que se apliquen todos los principios, pero sin dejar de ser exigentes.  Que aumente y que aumente sobre la base de una mayor conciencia, de un mejor trabajo.

Además, por la mente me pasó una idea en la reunión del Comité Nacional —primer fruto de ese cambio de estructura—, porque vi algo muy importante y es la presencia de 120 compañeros en este Comité Nacional (Aplausos), entonces hablé de una etapa ulterior a este congreso, en que tenemos que llevar a cabo, con relativa frecuencia, un encuentro entre nosotros y ese comité. Tal vez no se me habría ocurrido esa idea, si es un encuentro con 20 ó 30 compañeros —la estructura anterior que ustedes tenían—;  pero de repente me pasó por la imaginación la idea de que este congreso no podía terminar hoy y que este congreso no termina hoy (Aplausos).

Por lo pronto, realmente, tú me has invitado a clausurar, y yo he venido a pronunciar no las conclusiones del congreso, sino la inconclusión del congreso (Aplausos), porque este congreso tiene que seguir, y, por lo menos yo propuse, y me propongo, y anhelo la posibilidad de que este congreso continúe por lo menos un año, de la cantidad de cosas que vimos aquí, de aquellas que por cuestión de espacio no fue posible analizarlas, de aquellas nuevas que van a ir surgiendo sobre la marcha.  La apreciación y  el análisis de la marcha de todo lo que hemos acordado aquí, requiere de que, por lo menos —porque es que hay que seguir desarrollando ideas, y creo que en un año podemos desarrollar bastantes ideas, siempre habrá que seguir— en este primer año, después de este congreso, hay que seguir analizando, profundizando y desarrollando ideas, y rápido.

Como yo les explicaba, muchas de las preguntas que hacía estaban asociadas con ideas que estaban en la mente, pero ahora todos vamos a estar pensando, pero todos, no ustedes solos, nosotros también; y, por lo menos, que se prolongue este congreso un año.  Esto hay que seguirlo de cerca, esta tarea tiene que ser algo así como un gardeo, no por zonas, sino un gardeo a presión, como llaman en el básquet;  una lucha cuerpo a cuerpo con los problemas, una fila cerrada como la de un ejército, y mucho análisis, mucha discusión y mucha transparencia: ¡Frente a la doble moral, la doble conciencia, la triple conciencia!  

En algunas ocasiones he dicho que la virtud se desarrolla en la lucha contra el vicio.  Necesitamos esos vicios adversarios, necesitamos todas esas cosas para desarrollar más nuestras conciencias y nuestras virtudes, y esa tiene que ser una lucha nuestra. Ahora todo nuestro trabajo se tiene que encaminar a eso, no solo en el Partido, en las organizaciones de masa; todo  nuestro trabajo se encamina en la administración central, en los órganos nacionales, cada vez a un perfeccionamiento mayor, y en las provincias, en los poderes populares, cada vez a un perfeccionamiento mayor, y se lucha por una eficiencia mayor. También hemos ido adquiriendo experiencia y muchos compañeros han ido adquiriendo una gran experiencia.

¿Qué le ha dado al país esta experiencia de ahora, esta capacidad de obrar milagros?  Lo difícil que fue la lucha que tuvimos que afrontar, lo terriblemente dura y difícil; ha ayudado al desarrollo la experiencia de las cualidades y de las ideas que hoy se están aplicando.

Cuando teníamos todos aquellos recursos, que eran casi infinitos se puede decir, hicimos muchas cosas; no, esos no se botaron, se llenó de escuelas el país y se llenó de todas las cosas que se llenó, de presas, de carreteras, de caminos, y de artistas, escritores e intelectuales, y de científicos por decenas de miles, y de maestros por cientos de miles, y de graduados y titulados y médicos por decenas de miles, y miles de economistas, y sin manuales, porque no somos ni podemos ser dogmáticos; sin dogma de ninguna clase, con una mentalidad verdaderamente dialéctica y flexible, lo cual no admite, ni en lo más mínimo, el oportunismo o el pragmatismo.

Nosotros somos flexibles y somos dialécticos a partir del más rígido apego a los principios y a los objetivos de nuestro proceso revolucionario, y a las nuevas metas que no le pedimos a nadie, que no ambicionábamos, que no pretendíamos, sino a las nuevas metas que la vida y la historia de lo ocurrido en estas décadas hizo recaer sobre nuestro país y sobre nuestros revolucionarios; y si así ha sido no nos queda otra alternativa que luchar ya con todo el entusiasmo, todo el aliento, toda la magnitud, toda la nobleza y todo el bienestar que puedan significar para tantas personas en el mundo, este mundo que es insostenible y que marcha irremisiblemente hacia una crisis.

En cualquier otro momento de la historia, en que podía pasar que una crisis y una revolución se adelantara o se atrasara —por ejemplo la Revolución Francesa, o la primera revolución socialista—, podían atrasarse o adelantarse 50 años ó 100 años y no pasaba nada; seguían muchos millones de personas sufriendo el régimen, unos como esclavos y otros como amos; recordemos que la esclavitud se prolongó cuatro siglos; en otra época de la historia, más tarde o más temprano ocurrirían los acontecimientos.

Pero hay un factor que convierte al tiempo en un elemento de suma importancia, y es que si es cierto que se han creado todas las condiciones para un mundo que pueda ser alimentado, ser suministrado y ser capaz de producir lo que necesita, no con el concepto, desde luego, de sociedad consumista, porque eso es una inconcebible locura, —y he conversado esto con algunas personas muy capaces—, hay que elaborar conceptos acerca de los patrones de consumo y de las necesidades universales que hay que satisfacer y que podrían ser mucho menos en lo material, mucho menos que ese derroche inconcebible de decenas y de cientos de millones de automóviles que ya no caben en las calles, que ya producen paros que duran hasta horas; ya en muchas ciudades se tardan dos horas o tres en llegar de un lugar a otro.

Claro, yo no concibo, lo he dicho más de una vez, 1 500 millones de chinos y cada familia con un automóvil en la puerta de su casa, un garaje, los parqueos, todo eso. Graficando esa situación he dicho que los millones de hectáreas con que se alimentan hoy, y bien alimentados, 1 250 millones de chinos, que están produciendo ya casi 500 millones de toneladas de alimentos por año, se convertirían en parqueos de automóviles, carreteras, autopistas y cosas por el estilo, para no hablar ya de contaminaciones ni hablar de todos esos fenómenos que están ocurriendo.  No es concebible eso.  

Como revolucionarios tenemos que concebir y elaborar ideas de cuáles son las necesidades del hombre que debemos aspirar a satisfacer: si el hombre tiene alimentos, si el hombre tiene educación, si el hombre tiene salud, si tiene medicamentos, los necesarios, los mínimos indispensables, porque debe ser preventiva más que nada la medicina del futuro; si el hombre tiene ropa, si el hombre tiene recreación, si el hombre tiene todo el tiempo necesario para estudiar y profundizar en sus conocimientos, puede haber un placer mayor que aprender. ¿Puede haber un placer mayor que leer?, para citar solo un ejemplo.

Hay que concebir otro mundo, porque el de hoy es insostenible.

El gran peligro en el tiempo es que este orden, esta sociedad liquide la naturaleza. Esa es otra cuestión que se puede demostrar matemáticamente, no a base de lógica, sino matemáticamente: liquida la naturaleza la globalización neoliberal.  

Entonces, hay un peligro que es el más terrible de todos: sencillamente que este orden económico mundial tarde tanto en desaparecer que desaparezcan primero las condiciones naturales de vida para la especie humana; y no estoy exagerando ni un átomo, eso es algo que científica y matemáticamente se puede probar.  Quizás sea en ese sentido en que pueda urgir acelerar la marcha, cuando todavía es tiempo, apretadamente, de que la naturaleza pueda ser salvada.

Ni una palabra más.  He concluido el discurso del congreso inconcluso de la Unión de Jóvenes Comunistas (Aplausos).

Les voy a dar las gracias y les voy a decir: ¡Socialismo o Muerte!  ¡Patria o Muerte!  (Exclamaciones de: “¡Venceremos!”)  No, antes de eso:

Sin un mundo socialista, la especie humana no podría sobrevivir, y tenemos la más firme esperanza de que sobreviva, y nos satisface, nos alienta pensar que nuestro pequeño granito de arena está contribuyendo a que sobreviva, y es por eso que podemos decir:  “¡Venceremos!”

(Ovación.)

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