Discursos e Intervenções

Discurso Pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz a los soldados y oficiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias que tomaran parte en la zafra de los 10 millones, en el teatro del MINFAR, el 4 de noviembre de 1969

Data: 

04/11/1969

Compañeros soldados y oficiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias que van a participar en la zafra de los 10 millones:

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias constituyen un factor decisivo en la zafra de los 10 millones.

La participación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en la zafra en los años pasados ha tenido un peso importante, pero no podemos decir que fuera todavía un peso decisivo. En esta ocasión los compañeros del Ministerio han realizado un máximo esfuerzo de movilización para la zafra, dentro de las posibilidades técnicas, a fin de preservar solamente los cuadros y el personal estrictamente indispensable para el mantenimiento de los equipos, algunas unidades en plena disposición combativa, y también algunos cursos en que por la necesidad grande que tenemos en las fuerzas armadas de cuadros hemos procurado preservar al máximo, aunque de todas formas tendrán también su participación.

De manera que como en una guerra se han movilizado nuestras Fuerzas Armadas Revolucionarias para la zafra de los 10 millones. Es decir: una movilización casi total.

¿Implica esto que vamos a quedarnos desarmados? En realidad, nunca estaremos desarmados, siempre quedarán fuerzas disponibles para cualquier intento de agredirnos. Y, además, queda lo más importante, que es la capacidad de movilizar a todas las fuerzas armadas y a todo el pueblo rápidamente en caso de una agresión en gran escala.

En tiempos llamados de paz, puesto que aquí se habla de ejército en tiempo de paz y en tiempo de guerra... Pero ciertamente durante estos 10 años hemos tenido que vivir en una casi permanente alarma de combate. De hecho, no hemos tenido 10 años de paz ni mucho menos.

En caso de guerra se movilizan todos los reservistas y todas las fuerzas que debe movilizar nuestras fuerzas armadas —en caso de guerra digamos oficial, puesto que hemos padecido otro tipo de guerra durante todos estos años, de amenazas que nos han obligado a mantener sobre las armas un cuantioso número de hombres, hombres que son de los compañeros más jóvenes y de los compañeros más preparados con que contábamos desde el principio de la Revolución.

De manera que una enorme parte de los compañeros de los primeros tiempos, una enorme parte de los compañeros que participaron en las luchas iniciales en las montañas, permanecieron en las fuerzas armadas durante estos años.

Es decir que nuestro país durante este período ha tenido que dedicar lo mejor de su energía y sus mejores contingentes en hombres a la defensa de la patria, en una situación de permanente peligro y amenaza de agresión.

Ahora, sencillamente, un gran número de hombres toman el machete, ¡pero las armas quedan al alcance de la mano! Y si desde luego nos obligaran a interrumpir la zafra para tener que afrontar alguna agresión, yo estoy completamente seguro de que por lo que nos dolería a todos y le dolería al pueblo que le interrumpieran un esfuerzo por el cual ha estado trabajando durante tantos años, sin duda de ninguna clase que el ardor, el odio y la decisión con que combatirían no podrían ser superados por ninguna otra circunstancia.

Algunos voceros contrarrevolucionarios hablan de invasioncitas, infiltraciones y cosas por el estilo. Ya nosotros conocemos perfectamente bien la receta para algunas de esas acciones.

Y recordamos cuando las bandas contrarrevolucionarias del Escambray, en que durante algún tiempo perduró la ilusión de que se podía organizar guerrillas contra un pueblo revolucionario, nos obligó a movilizar muchos hombres, a invertir muchos recursos en la tarea de liquidar esas bandas. ¡Pero fueron erradicadas de manera definitiva y total, porque quien se metía en esas aventuras contra la Revolución sabía lo que le esperaba!

De la misma manera, si en medio de esta zafra, se proponen crearnos interrupciones, si en medio de esta zafra llevan a cabo algunas infiltraciones en nuestro país, ¡lo que les podemos asegurar de antemano es que ninguno va a salir vivo! ¡Lo que les podemos asegurar de antemano es que los que no mueran en combate van a morir frente a los pelotones de fusilamiento! (APLAUSOS PROLONGADOS)

Nuestros soldados en los combates se dedican a exterminar en combate al enemigo, y cuando se rinden los hacen prisioneros. Esa es una norma y una práctica histórica desde el principio, desde los primeros núcleos de combatientes revolucionarios, que siempre se ha mantenido y se mantendrá.

Nuestros soldados no acostumbran a disparar contra un individuo que alce las manos, porque a partir de ese momento ya no es tarea suya, ¡a partir de ese momento es tarea de los Tribunales Revolucionarios y de las leyes! Pero las leyes se van a aplicar con particular rigor a los que intenten interrumpir el trabajo de un pueblo que entero, en cuerpo y alma, se entrega a una tarea decisiva como esta.

De manera que sirva de advertencia a los charlatanes y a los negociantes de aventuras contrarrevolucionarias.

Y ahora, concentrémonos en la cuestión fundamental que ha motivado la reunión de esta tarde.

Aquí están representantes de todas las unidades que van a participar en la zafra. Ya hay numerosos contingentes en los cañaverales, y otros se están preparando para marchar, y otros irán incorporándose a lo largo de la zafra.

En total —y vamos a dar algunas cifras— las Fuerzas Armadas Revolucionarias incorporarán en el primer período, desde noviembre, 54 612 hombres; en enero estarán incorporados 67 632 hombres, y en la etapa decisiva y final estarán incorporados 75 240 hombres.

En estas cifras están contados solamente una parte de los oficiales y soldados que van a participar con las combinadas Henderson. Aquí está contada aproximadamente la mitad de ese personal, que en esa primera etapa van a participar como macheteros, mientras están terminadas las combinadas que van a estar disponibles en esta zafra.

De modo que, contando esos compañeros, hacen un total de 80 000 hombres aproximadamente.

Pero hay además una reserva —que queremos conceptuarla realmente como reserva— para emplearla en los lugares críticos cuando realmente en cada uno de esos lugares se haya hecho el esfuerzo máximo con relación a los recursos con que cuentan. Disponemos de una reserva de aproximadamente 25 000 hombres más.

Es de suponer que en determinado momento de la zafra una parte importante de esas reservas se empleen.

Nosotros las hemos clasificado por un orden de prioridades, de manera que ya en algunas circunstancias el tener que emplear todas las reservas sería doloroso puesto que algunas de ellas están constituidas por personal que trabaja en actividades muy importantes. Y desde luego, ojalá no tengamos que emplear todas las reservas.

Realmente tengo la profunda convicción de que si trabajamos bien, si empleamos correctamente los recursos de que disponemos, no habrá necesidad de movilizar todas las reservas. Indiscutiblemente que sí será necesario movilizar una parte, pero a nuestro juicio no sería necesario movilizar los 25 000 hombres para poder hacer la zafra de los 10 millones.

Pero aproximadamente 100 000 hombres de nuestras fuerzas armadas participarán en esta zafra. Y esa es una cifra respetable.

Desde luego que nuestras fuerzas armadas tienen un tamaño respetable si se considera el tamaño de nuestro país. Pero también, entre todos los países revolucionarios, entre todos los países socialistas, en nuestro país se da una circunstancia peculiar y es que estamos ubicados a 90 millas del imperialismo, es decir de la potencia imperialista más poderosa; una potencia que lleva a cabo sus guerras de agresión incluso a 15 000 y 20 000 kilómetros de sus costas. Y hemos tenido que vivir estos años y tendremos que vivir muchos años más ante esa realidad que no podemos descuidar ni olvidar un solo instante.

Estamos a enorme distancia de los países socialistas, estamos aquí solos, geográficamente, a 90 millas de Estados Unidos. Y esa es una de las causas, la causa fundamental que nos ha obligado a tener un poderoso ejército.

A veces se suele publicar que el ejército de Cuba tiene tantos y más cuantos hombres, tantas y más cuantas armas, y que es en toda América Latina la fuerza armada más poderosa. Si se analiza por el número de hombres y por la técnica que poseemos, es sin duda el más fuerte; pero si se analiza algo más, que es la preparación técnica, el contenido revolucionario de esa fuerza, el objetivo de esa fuerza, el espíritu de esa fuerza y, además, se cuenta todo el resto del pueblo, sin duda que es una realidad objetiva que a nuestro país, desde el punto de vista militar, no se le puede comparar ningún otro país latinoamericano.

Y eso, desde luego, no ha sido ni mucho menos una afición por las armas, sino ha sido realmente una necesidad especialísima de nuestro país.

Pero con todo y eso, el hecho de que en un momento dado participen 100 000 hombres de nuestras fuerzas armadas, sin contar el Ministerio del Interior —que también tiene un aporte importante, en la medida de sus posibilidades, a la zafra de 1970— equivale a decir que el grueso de nuestras fuerzas armadas se empeñará en esta batalla de la zafra.

Esto tiene una serie de implicaciones: implicaciones revolucionarias, implicaciones económicas e implicaciones políticas.

En primer lugar, nada nos satisface tanto como saber que participarán en esta batalla decisiva de la Revolución. Porque la Revolución tiene que librar a veces batallas con las armas en la mano y otras veces tiene que librarlas, muy importantes también, con el instrumento de trabajo.

Y la economía forma parte esencial de la Revolución, y la economía ha sido uno de los frentes donde el enemigo ha tratado de golpearnos y de aplastarnos; la economía fue el frente donde trató el imperialismo con su bloqueo de hundirnos, de hundir la Revolución; la economía es un importantísimo frente de la Revolución y uno de los frentes que más ha recibido los ataques del enemigo.

De manera que cuando un ejército revolucionario participa en ese frente de una manera decisiva, está librando un combate, está librando una acción que no se puede considerar menos importante que la acción que tiene que librar con las armas en la mano frente a un caso de agresión, frente a un caso de invasión.

De manera que nosotros, revolucionarios, debemos saber que no hay un solo frente: hay varios frentes. En unos momentos la batalla se está librando en un frente determinado y en otros, en otro. Para el frente militar siempre debemos estar preparados, para el frente económico siempre debemos estar trabajando en esa dirección, porque esa es una lucha que no espera los acontecimientos sino que está constantemente presente y nada más satisfactorio que pensar en que nuestras fuerzas armadas tienen una participación tan decisiva en esta batalla.

No podemos menos que recordar los orígenes de nuestras fuerzas armadas, los orígenes tan modestos en un principio, de contingentes tan reducidos de hombres en una primera etapa, y cómo a lo largo de estos años de lucha se ha ido acumulando un caudal de experiencia, un caudal de organización, un caudal de técnica tremendo; cómo ha crecido nutriéndose del pueblo, y cómo ha crecido en la medida en que las necesidades lo exigieron.

Pero sin duda que es un triunfo de la moral y un triunfo de la Revolución y un triunfo de nuestra causa el hecho que sí para nosotros constituye un motivo de orgullo —mucho más que la magnitud de nuestra fuerza, mucho más que la magnitud de nuestra técnica— y es el hecho de que nosotros podamos decir en este continente que nuestras fuerzas armadas, parte esencial de la Revolución, parte esencial e indisolublemente unida al pueblo, es una institución que participa en las tareas del desarrollo de una manera decisiva.

En otros países de América Latina se han ensayado algunas participaciones llamadas cívicas de las fuerzas armadas, y esas se han limitado a construir un caminito, una carreterita, una escuelita.

Desde el punto de vista histórico, desde el punto de vista social, desde el punto de vista político, constituye un acontecimiento altamente revolucionario el hecho de que en un país subdesarrollado como el nuestro, en un país que tiene que enfrentar tareas duras, nuestras fuerzas armadas no constituyan un sector privilegiado de la población, como sucede en casi todos los países de América Latina, no constituyan un sector improductivo del país, sino que las fuerzas armadas constituyen factores fundamentales en el desarrollo y en el trabajo del país.

Este hecho, más que nuestras armas, más que nuestra técnica, más que nuestra magnitud, señala la diferencia esencial de nuestras fuerzas armadas con las fuerzas armadas del resto de los países de América Latina.

Vale la pena señalar que hay un país en este instante donde las fuerzas armadas están jugando un rol revolucionario, y ese país como ustedes saben es el Perú. Sin duda que es también un acontecimiento importantísimo puesto que las fuerzas armadas fueron los instrumentos en esos países de que se valió siempre el imperialismo para mantener sus privilegios y mantener su hegemonía. Y es por eso que nosotros debemos observar con profundo interés el desarrollo del proceso político del Perú, donde sin duda de ninguna clase se ha producido un fenómeno nuevo y un fenómeno importante. Es por eso que cuando hablo de otros países no digo todos los países, sino digo: “casi todos los países de América Latina”, porque es necesario, incluso es bueno, incluso es satisfactorio, poder mencionar ya algunas excepciones.

Pero también estas circunstancias del rol que juegan en nuestro país las fuerzas armadas constituye un ejemplo para todo el resto del mundo subdesarrollado, señalan un camino. Porque sin duda todos los países subdesarrollados por los problemas que tienen con el colonialismo, con el imperialismo, tendrán que prestar especial atención a su defensa militar y tendrán que disponer de ejércitos fuertes. Países que no tienen una industria desarrollada, que no tienen una economía desarrollada, y para los que sin duda de ninguna clase la necesidad de tener ejércitos fuertes constituye un peso considerable en su esfuerzo.

Pero nuestro país señala el camino: señala el nuevo tipo, el nuevo carácter de las instituciones armadas revolucionarias. Instituciones armadas tendrán que existir durante mucho tiempo; mientras exista el imperialismo tendrán que existir en los países revolucionarios fuerzas armadas. De manera que la ilusión que en algún tiempo pudieron albergar los revolucionarios o algunos revolucionarios de que ya desaparecida la explotación de clases podría dedicarse el pueblo por entero al trabajo y no serían necesarios los gastos de energías y de recursos en las instituciones armadas, esas ilusiones sin duda de ninguna clase carecen por completo de base.

Mientras exista el imperialismo y mientras el país tenga que defenderse de las agresiones exteriores emanadas del imperialismo, aún cuando la Revolución se haya consolidado totalmente en el orden interno, aún cuando haya desaparecido la sociedad de explotadores y explotados, aún cuando haya desaparecido el papel y rol fundamental de las instituciones armadas en esas sociedades, que ha sido mantener el dominio de los explotadores sobre los explotados, aún cuando esas circunstancias de orden interno hayan desaparecido totalmente en cualquier país, las circunstancias de orden internacional obligan a los países revolucionarios por un tiempo indefinido a prestar especial atención al problema de las instituciones armadas y a disponer de numerosos y fuertes contingentes militares.

Ahora, en nuestro país esa contradicción entre la pobreza del país, entre el subdesarrollo de la economía, entre la enorme demanda de energías y de recursos para afrontar en unos pocos años lo que otros países hicieron en 100 ó 200 años, esa contradicción la hemos resuelto precisamente con esta participación decisiva, fundamental, de nuestras Fuerzas Armadas Revolucionarias en las tareas del desarrollo.

Y por eso en este caso, en este momento decisivo, en esta batalla decisiva, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba jugarán también un rol decisivo.

Hemos hablado de número de hombres. Todo el país ha movilizado grandes fuerzas para la zafra: los organismos civiles, un enorme número de trabajadores y campesinos han sido movilizados a través del Partido y de la CTC; se han movilizado los jóvenes a través de la Columna Juvenil del Centenario; se han movilizado los estudiantes de nivel medio; de manera que las fuerzas decisivas de esta zafra, las fuerzas fundamentales son los obreros y campesinos movilizados, las Fuerzas Armadas Revolucionarias, la Columna Juvenil del Centenario, y los estudiantes de los institutos tecnológicos y preuniversitarios. Esas son las fuerzas decisivas.

Cortadores habituales de caña, como ustedes saben, quedan muy pocos. Esa categoría de trabajador dejó de nutrirse de nuevos elementos desde el triunfo de la Revolución. Muchos de los antiguos trabajadores habituales eran ya obreros que tenían 55, 60 años y aún más edad, decenas de miles de los antiguos cañeros están ya jubilados. Hubo épocas en que incluso en nuestro país se importaba fuerza de trabajo para realizar la zafra. Otros muchos obreros cañeros participaron en el proceso revolucionario, se incorporaron a las filas de la Revolución y se hicieron soldados revolucionarios, trabajadores de la Revolución; también muchos se incorporaron al Ministerio del Interior; y, en fin, pruebas de eso tenemos constantemente: de repente un grupo de compañeros organizan una microbrigada de cortadores de caña y entonces empiezan a sobresalir algunos macheteros extraordinarios, compañeros que están en escoltas, compañeros que están en Seguridad del Estado, compañeros que están en distintas actividades.

Y entonces decimos: “Bueno, ¿y eso por qué?” Enseguida explican: “Es que ese era machetero”, “ese nació en un cañaveral”, “ese cortó caña desde tantos años.” Y constantemente aparecía uno de los antiguos habituales que corta 500 y corta 600 y corta 700 y está actualmente en otras funciones.

Otros muchos macheteros, como era lógico y era justo, se hicieron tractoristas y operadores de equipos diversos.

En nuestro país hay hoy 50 000 tractores y había 5 000 ó 6 000 antes de la Revolución. Un gran número de esos operadores de equipos salieron de las filas de los macheteros habituales, otros muchos se han hecho técnicos agrícolas, se han hecho inseminadores, ingresaron en los institutos tecnológicos.

Porque, ¿cómo se le iba a privar, cuando se abría una escuela de operadores de equipos, el derecho a hacerse operador de equipo a un hombre que se pasó 10 años, 15 años, solamente cortando caña?

De manera que esa categoría fue reduciéndose constantemente, de modo tal que llegan ustedes a un chucho —el chucho número tal—, donde hacen falta 200 macheteros y allí hay siete habituales, seis habituales, cinco habituales, quince habituales.

De manera que ya los habituales en esta zafra de 1970, después de 11 años de Revolución, constituyen pues tal vez el 10% o el 15% de la fuerza de trabajo de la zafra.

Los propios fenómenos del proceso revolucionario crearon las condiciones mediante las cuales pasaron a otras funciones muchos de los obreros habituales y otros —como decía anteriormente— se hicieron más viejos y ya no podían trabajar.

Incluso cuando triunfa la Revolución, con el problema de las jubilaciones, que estaba muy mal, que le pagaban siete pesos de jubilación a un obrero cañero, había hombres que estaban fuera de edad para cortar caña y sin embargo para no morirse de hambre tenían que seguir en los cañaverales. Y muchos de ellos con la Revolución y las leyes de jubilación pues se acogieron a esas posibilidades. Y, además, han transcurrido 11 años.

Por eso ya el obrero habitual no existe. Y ese proceso se produjo antes de que el hombre pudiera ser sustituido por las máquinas en el corte de caña.

Tenemos que tener presente eso: la contradicción esencial que desaparece el machetero habitual con la Revolución y las posibilidades creadas por ella para los trabajadores. Va desapareciendo una categoría de trabajador que estaba en la última escala de condiciones de vida.

Era el obrero que esperaba meses enteros impaciente, angustiado, lleno de deudas, que llegara el momento en que le dejaran cortar 100, 150 arrobas todos los días, no todo lo que él pudiera cortar. Porque en aquella época, con el enorme ejército de desempleados que había en nuestro país, incluso se hacía el racionamiento de la cuota de corte diario. Y no cortaban los macheteros siempre lo que querían, sino que con aquellas zafras restringidas y una masa de medio millón de desempleados, muchos de ellos recibían su cuota de la caña que podían cortar diariamente. ¡Y que tenían no solo que cortarla a mano, sino también cargarla a mano!

De manera que había un gran número de aspirantes a cortadores de caña.

En Camagüey iban espontáneamente de Oriente, de Las Villas y de otras provincias a cortar caña durante la zafra decenas de miles de trabajadores.

Ahora, eso solo hubiera podido ser sustituido con las máquinas. Pero como la agricultura cañera está en áreas tropicales, fundamentalmente en países subdesarrollados, y casi todos los países tenían los mismos problemas que tenía Cuba de que no hubiera podido introducirse la máquina porque hubiera significado el desempleo, y pasaba lo mismo que con el azúcar a granel y con otras muchas actividades, que ustedes recordarán las huelgas que los obreros se veían obligados a realizar contra las máquinas sencillamente porque los desplazaban del trabajo y los lanzaban al hambre.

En esa situación no se desarrolló la mecanización de la caña prácticamente en ningún país.

En un país como Hawaii, que es territorio de Estados Unidos y donde tienen caña, desarrollaron un montón de métodos diferentes que no resultan aplicables a nuestro país. Utilizaban buldóceres para buldocear la caña; después tenían que emplear enormes cantidades de agua lavándola, enormes inversiones en todo eso. Y además cada empresa desarrolló su propia técnica diferente.

Es por eso que siendo un cultivo difícil de cosechar... No pasaba como con el arroz. Ustedes ven qué sencillo resulta con el arroz cosecharlo en una combinada, porque hace mucho rato que está mecanizado el corte de arroz. Se desarrolló la cosecha mecanizada de maíz, de trigo, en los países industrializados, pero no se desarrollaron máquinas adecuadas para el corte de caña.

Aquí hubo que empezar a inventar, a iniciar ese difícil y largo camino con las primeras combinadas, con todos los problemas, derivados ya no solo de la cosecha, sino del terreno, las piedras, los troncones. Muchas de las áreas camagüeyanas hay que volverlas a buldocear virtualmente, porque quedaron los troncones, porque aquellas tierras durante decenas de años se fueron desmontando con hachas. Y otros terrenos irregulares.

Y así ha sido el proceso. Se hicieron las primeras combinadas en la Unión Soviética, después se hicieron algunos diseños cubanos, hasta que ya definitivamente se logró un diseño de una máquina fuerte, no muy complicada, que aparentemente es la que tiene las mayores posibilidades de resolver el problema combinada con el centro de acopio.

Porque las primeras combinadas cortaban y limpiaban, pero de hecho había que ponerles casi un centro de acopio arriba a cada combinada. Porque tenía que tener suficientes ventiladores, correas, equipos, para limpiar la paja. Eran máquinas complicadas y frágiles.

El centro de acopio que se hizo para aumentar la productividad del machetero resultó el equipo ideal para combinarlo con esta nueva máquina, que corta la caña pero no la despaja.

Entonces en este momento ya, incluso por encima de la Libertadora —porque la Libertadora era todavía el viejo concepto sin el centro de acopio, es decir: la máquina con el centro de acopio arriba—, ahora con la Henderson un buldócer, que tiene un dispositivo, una máquina fuerte, que corta la caña y se lleva al centro de acopio.

Por ese camino podemos ir avanzando con los centros de acopio. Se ha establecido por eso el programa para construir el próximo año 300 centros de acopio.

Ese es un esfuerzo tremendo, lo que significa de montaje industrial, de llevar la electricidad y de resolver todos los problemas que acompañan una empresa de esa índole, tratar de montar unos 300 centros todos los años. Y ya para el 1973 prácticamente todo el país tendría los centros de acopio.

Lógicamente, primero tendremos los centros de acopio que máquinas para todas las áreas. Ustedes saben que tenemos muchas cañas todavía en terrenos ondulados, donde no se puede emplear ninguna máquina.

En los próximos años, para llegar al ciento por ciento, habrá que transferir áreas, incluso desmantelar algunos centrales, construir algunos centrales nuevos para llegar al ciento por ciento mecanizado. Pero primero llegaremos al ciento por ciento con centros de acopio y después, por último, al ciento por ciento con centros de acopio y máquinas para cortar la caña.

Las máquinas hay que montarlas sobre buldóceres. Supone una tarea ardua la adquisición de todos esos buldóceres. La construcción de todas esas máquinas implica una tarea de años.

Y nosotros pensamos construir para el próximo año, para la otra zafra, ya no menos de 600 máquinas y tratar de llegar a unas 1 000 máquinas por año. Eso significa importar 1 000 buldóceres por año solo para las combinadas cañeras.

Pero en fin, era una tarea difícil, realmente difícil, que no tenía antecedente en ningún otro país y que fue necesario resolver. Pero tardó más años de lo que tardó en desaparecer la categoría del machetero habitual.

De manera que en total durante esta zafra, en determinado momento habrá unos 350 000 hombres al corte.

Hay que decir —como señalábamos en el acto de comienzo de la zafra— que los cálculos se hicieron en base de rendimientos relativamente bajos por hombre al corte; que los cálculos se han hecho con rendimientos prácticamente de 100 a 105, 110 arrobas inicialmente.

Si vamos a hablar del problema de la productividad de los macheteros, debemos decir con toda sinceridad lo siguiente: que estos fenómenos sirven para demostrar el hecho de que en nuestro país realmente no existían hábitos de trabajo. No hablemos de disciplina de trabajo.

La disciplina es difícil que se encuentre en un país donde no hay desarrollada una gran industria. La industria contribuye mucho a disciplinar al trabajador por los procesos productivos que entraña.

Un país de muy pocas industrias, un país de inmensa mayoría de población campesina, acostumbrada a trabajar con el buey, con el azadón, lo mismo podía un día empezar a una hora que a otra, esperando la lluvia... Así, en una situación incierta, factores inciertos para desarrollar el trabajo, no existían las condiciones que promovieran el hábito del trabajo.

Las zafras se hacían con rendimientos relativamente bajos, porque realmente, como les explicaba anteriormente, sobraban macheteros. Y en el país no había hábitos ni de organización ni de trabajo.

Cuando se introduce la alzadora, cuando se introduce el camión, cuando se introduce el tractor con las carretas, todo eso exige un gran control, todo eso exige organización, todo eso exige mantenimiento, todo eso exige precisión, todo eso exige disciplina.

Ustedes lo saben por la experiencia con las nuevas técnicas militares: que el armamento moderno, los equipos electrónicos, los tanques, las armas modernas tienen una serie de exigencias que no existían ni mucho menos cuando éramos un ejército guerrillero, que era el problema de si acaso una latica de aceite para echarle de vez en cuando al fusil, la canana, las pocas balas que se pudieran llevar arriba, la mochila, un poco de comida y una escuadra pequeña, un pelotón, a veces una columna. Y no teníamos todos esos enormes problemas de servicios, de abastecimientos, de mantenimiento, que exige la técnica moderna.

Para adquirir los niveles actuales de disciplina de nuestras fuerzas armadas era necesario que se impusieran la tarea de dominar esa técnica y contar con una técnica nueva y exigente.

Hay que decir que esa técnica ha contribuido decisivamente en el proceso de rápido desarrollo de la organización y de la disciplina de nuestras Fuerzas Armadas Revolucionarias, porque de lo contrario no podrían utilizarse, no podrían manejarse en la paz, ni mucho menos en la guerra, todos esos medios de combate y todas esas unidades.

De la misma manera, la entrada en función de alzadoras, camiones, tractores, casi todo el tiro ya no con la carreta de bueyes sino con el tractor, las combinadas, todo eso exige disciplina, precisión, exactitud. Esos hábitos no existían.

Y debemos decir con toda franqueza... Porque cada país debe estar consciente de sus virtudes y también de sus defectos. No se trata en este caso del concepto despectivo con que los reaccionarios solían calificar a nuestro pueblo, y se justificaban diciendo: “progresa el que trabaja”, “todo el pueblo es haragán”, todas esas cosas. No se trata de eso. Porque el pueblo, por el contrario, ha dado múltiples, infinitas pruebas de su espíritu de sacrificio, de trabajo, de disposición para todo.

El problema es un problema de hábitos, disciplina, precisión. Y esos hábitos realmente no existían.

¿Qué factores históricos contribuyeron a eso? Muchos factores.

Hay que decir que durante casi cuatro siglos existió en nuestro país la institución de la esclavitud. Y entonces todo el trabajo riguroso y duro era realizado por hombres encadenados, bajo el látigo feroz del capataz.

Cuando a raíz de nuestras luchas de independencia desapareció esa odiosa institución —después vinieron condiciones en que nuestro país se convirtió en una semicolonia—, en muchas ocasiones importaban fuerza de trabajo para realizar ese tipo de tarea. O las condiciones de hambre, de miseria, relegaban a una gran parte de la masa y la obligaban en condiciones difíciles a realizar esas actividades.

Pero durante mucho tiempo persistió la filosofía de que el que trabajaba era un bobo, de que el que trabajaba era un bruto. Que el vivo no trabajaba, que el vivo hacía política, que el vivo inventaba un negocio. Y entonces durante muchos años, hasta la Revolución, prácticamente se despreciaba y se denigraba el trabajo físico del hombre. Y se convirtió en una filosofía prácticamente para muchas personas.

Las condiciones de explotación capitalista, la corrupción, la politiquería, durante decenas de años fueron inculcando el veneno, prácticamente el desprecio al trabajo, que se veía casi como un castigo.

Todas esas condiciones históricas influyeron, más el subdesarrollo. Los métodos artesanales de producción influyeron grandemente a que en este país no se adquirieran hábitos de trabajo.

Con la Revolución se adquirió la conciencia, se adquirió el entusiasmo. Pero entusiasmo solo no resuelve el problema, conciencia solo no resuelve el problema, aunque es fundamental. Para crear hábitos de trabajo, hábitos de organización, precisión incluso, se requiere una cultura, se requiere un nivel de cultura que no lo tenía nuestro pueblo. Porque con un hombre que no sabía ni firmar, con un hombre que no sabía ni sumar es difícil calcular nada, es difícil organizar nada.

Y muchas de las tareas son complejas: las tareas de dirigir todo el tráfico en un central azucarero, el itinerario de los trenes, el programa. De tal manera que nosotros estamos ahora analizando, incluso tratando de producir una primera computadora que diariamente en cada central azucarero señale cuál debe ser el itinerario óptimo de los trenes. Porque se hace un programa pero las circunstancias cambian constantemente.

De manera que ese es un problema que para resolverse de manera adecuada no basta ni siquiera contadores allí, hombres bien preparados que hagan cálculos, porque nadie podría asegurar qué es el cálculo óptimo. Y la cantidad de factores y elementos que hay que manejar todos los días es muy grande para poder optimizar ese programa. Y sin embargo, existe la posibilidad de llevar mediante computadoras en cada central azucarero el itinerario de los trenes y la distribución de los medios de transporte.

Vean ustedes cómo incluso nuestra industria azucarera, tradicional e histórica, necesita de la técnica moderna, necesita de la electrónica, necesita de las computadoras, para poder realizar el trabajo en condiciones óptimas.

El nivel de preparación de la población, que era muy bajo, el nivel de cultura, no ayudaba ni podía de ninguna manera ayudar a la organización, a la precisión, a la disciplina y a los hábitos de trabajo.

Porque a veces un hombre, si se detiene en una esquina con el tractor o con el camión, o se descuida el envío de los trenes a los chuchos, o hace un mal cálculo, crea dificultades de todas clases. Actualmente para poder cumplir la tarea en un chucho tienen que estar a punto los transportes, las carretas, las alzadoras y, además, los carros en esos chuchos, para poder cumplir esa tarea todos los días.

Si faltan trenes, los macheteros, lógicamente se tienen que parar; si faltan alzadoras se acumula la caña atrasada en los campos; si falta el equipo de tiros, si es un problema de cualquier tipo... Cualquier cosa prácticamente interrumpe el proceso.

Y en nuestro país —vuelvo a repetir e insistir— no existían esos hábitos. Y esos hábitos se están creando. Y yo diría que en esta etapa de los 10 millones una de las cosas más importantes, uno de los subproductos más importantes que vamos a adquirir es mucho mayor hábito de trabajo, mucho mayor organización y mucho mayor disciplina.

Es una circunstancia realmente notable, histórica para nuestro país, el hecho de que ese trabajo duro que realizaban los esclavos ayer o que realizaban los desempleados amenazados de hambre en un pasado reciente, hoy no sean esos hombres los que garanticen una zafra que por su magnitud va a asombrar al mundo.

Va a ser realmente un motivo de orgullo muy grande para nuestro país que esa zafra la hagan hoy día —y un cambio histórico que vira completamente, cambia por completo los conceptos que imperaron en nuestro país durante cuatro siglos— hombres que no estén impelidos por el hambre, por el desempleo, por la miseria, y que sea la participación del pueblo a través de los trabajadores movilizados por la CTC, por el MINFAR, por la Columna Juvenil, los estudiantes, fuerzas enteramente nuevas.

y no hay dudas de que eso constituye algo que se ha producido así, poco a poco, pero que no por eso deja de ser un acontecimiento verdaderamente histórico: subsiste el trabajo duro, pero no lo harán los esclavos; subsiste el trabajo duro, pero no lo harán hombres amenazados por el hambre.

Y ese hecho sin duda de ninguna clase que nos aportará a nosotros algo muy importante para el futuro: disciplina, hábitos de trabajo.

Ya no será solo el entusiasmo desbordado de querer hacer las cosas como quiera, ya no solo será el deseo, ya no solo será la conciencia, sino la conciencia organizada, el esfuerzo utilizado de un modo más inteligente.

Y aun cuando en un futuro no lejano esas actividades se harán todas con máquina, no significa por ello que una vez resuelto el problema de la mecanización de las cañas, del corte de caña, se vaya a detener ya la actividad en este país. Por el contrario, nuestro país entra en nuevas etapas de desarrollo económico, en etapas más complejas; las necesidades son enormes en todos los órdenes, en las construcciones y en la industria. Entramos en una fase de verdadero desarrollo industrial.

Los enemigos de la Revolución se han cansado de decir tonterías acerca de que si Cuba intentó un desarrollo acelerado de la industria y que después abandonó todo eso y fue al monocultivo. Y no tardarán en despertar de sus ilusiones, porque nunca se ha hecho menos monocultivo que ahora. Es que 10 millones los asombra y creen que estamos dedicados solamente a caña.

La agricultura se diversificará notablemente. Y hay que decir que, por ejemplo, en 1980, la caña que era el 80% casi del producto bruto de la agricultura pasará a ser un 20% o un 25% del producto bruto de la agricultura cubana. Y no digo el azúcar —que es menos todavía—, digo la caña, porque habrá muchas más cañas que para 10 millones y que se dedicarán a otros usos también relacionados con la agricultura, como es la ganadería, la producción de leche, de carne de res, de aves, de cerdos. Es decir que la caña será la base fundamental de los concentrados para sobrealimentar el ganado y los cerdos y los pollos.

En fin que el azúcar, el azúcar, aproximadamente en 1980 será el 15% del producto bruto de nuestra agricultura; la caña en total será un poco más porque participará también en apoyo de otros renglones de la agricultura.

De manera que nunca —paradójicamente— se hizo menos monocultivo que con los 10 millones de toneladas de azúcar.

Los planes arroceros llevan un tremendo impulso en este momento, de manera tal que —como decíamos hace unos días— en 1971 tendrán otro fenómeno: que habrá un excedente de cientos de miles de toneladas de arroz, después de comer todo el arroz que nos queramos comer; es otro de los planes que está avanzando aceleradamente. La transformación de la ganadería con la inseminación y otras técnicas. En fin, se está trabajando en todos los renglones de la agricultura. Y en cuanto a producción de alimentos también se ha avanzado mucho en la pesca, que ha tenido un crecimiento tremendo en estos años.

Pero nosotros entramos en una fase de desarrollo industrial serio.

Fue correcto enfatizar el esfuerzo en la agricultura. Había que garantizar la alimentación primero que nada para todo el pueblo; eso era esencial. Pero se han construido importantes instalaciones industriales, sobre todo en energética, en la electricidad, en cemento, industria mecánica, fertilizantes, etcétera; claro está que todavía no en todo el volumen que nuestro país necesita. Pero el desarrollo industrial de los próximos años va a ser aproximadamente o igual a como ha sido el desarrollo de la agricultura en estos años.

Y la agricultura seguirá desarrollándose naturalmente y necesitará muchas industrias para procesar los productos, pero la industria en general va a tener un auge tremendo en los próximos 10 años. De manera que nosotros, con una base alimenticia asegurada, entramos ya en serios desarrollos de tipo industrial de que nosotros hemos hablado en términos generales, no hemos querido ser muy precisos, sencillamente porque no queremos —muchos de nuestros planes están en estudio, en análisis, pero están bien adelantados— sencillamente alertar a los imperialistas acerca de los objetivos fundamentales que perseguimos para que no se dediquen con demasiado tiempo a sabotear lo que nosotros queremos hacer.

Aunque hay que decir que el bloqueo cada vez está más desprestigiado y el bloqueo está cada vez más agujereado, y prácticamente el prestigio de nuestro país, las atenciones que reciben los funcionarios de la Revolución en todas partes a que van a interesarse por tecnologías industriales, la atención que reciben es una atención tremenda.

Pero de todas maneras estamos estudiando seriamente el desarrollo del país de 1970 a 1980 y que será fundamentalmente industrial.

¿Qué significa eso? Pues que necesitamos cada vez más organización, cada vez más hábitos de trabajo.

Ya no será el problema del corte manual de la caña, pero será el desarrollo de una serie de actividades que requieren una población con un nivel técnico alto, que requiere hábitos de trabajo, hábitos de disciplina, aunque ya no sea el trabajo físico del tipo del corte de caña.

De manera que todo esto que vamos a acumular en estos años va a ser decisivo para el país en el futuro.

Entonces hay que decir que las productividades con que se han calculado los cortes son bajas. Todo el que ha cortado caña sabe lo que es estar dos horas, tres horas, cuatro horas, ocho horas y hasta diez horas cortando caña; todo el que ha cortado caña sabe lo que un hombre medio, no una especie de supercortador, no —como decíamos el otro día— uno de esos soldados orientales que en el mes de agosto promediaban ochocientas y tantas arrobas, la brigada que promedió más de 800 arrobas —nosotros sacamos la cuenta de que eso en las condiciones del clima de Oriente, del calor de Oriente, en el mes de agosto, sin duda que es una gran proeza—, pero hombres medios, saben lo que se corta en una hora, en cuatro horas y en ocho horas.

Y cualquiera sabe que cuando tiene un poco de entrenamiento en la caña, cuando pasa los primeros días —porque la caña tiene su momento traumático, el momento ese en que todos los huesos le duelen al cortador, en que todas las manos tienen ampollas, en que la paja, todo, es una tarea dura—, esos primeros momentos traumáticos; pero cuando salieron los primeros callos en las manos, cuando el cuerpo se adaptó un poco a la actividad, cualquier machetero sin apurarse, en una caña que no sea del otro mundo, corta en cuatro horas 120 arrobas a los pocos días de estar en el cañaveral, ¡a los pocos días!

Cualquiera sabe que incluso una cifra de 200 arrobas en un día no es un esfuerzo grande ni siquiera para un viejo, ¡ni siquiera para un viejo!

Un compañero joven, con 20 ó 25 años —es posible que tal vez los hombres ya de 40, de 50, tengan los huesos más duros, como se dice—, sin duda que si lo vemos caminando, haciendo un deporte, nosotros vemos que ese compañero joven no se cansa.

Cuando ponen a los atletas en una instrucción los tienen cuatro horas haciendo unos ejercicios tremendos. Y un muchacho joven que corte ocho horas, si no tiene problemas de la columna, si no tiene algún problema orgánico —nos referimos a casos de personas normales—, que corte seriamente durante ocho horas, corta 200 a las dos o tres semanas de estar cortando caña y corta 300 cuando tiene dos meses. Si no, que se someta un día a prueba: que se escojan 30 hombres cualesquiera, que los sometan a un examen en una caña determinada, caña normal —no caña en óptimas condiciones, no; no una Azul Casa Grande de 18 metros superdesarrollada; no, en una caña normal—, un hombre trabajando seriamente, durante ocho horas, corta 200 arrobas y pasa sin esfuerzo extraordinario de las 200 arrobas.

Ahora, es necesario que el hombre que va a realizar una tarea durante dos horas, tres horas, cuatro horas, la realice seriamente, vaya a eso. Si convierte el cañaveral en un club, en un lugar donde se conversa de todo, se habla de todo, entonces se disminuye grandemente el rendimiento; si no se concentra en la caña lógicamente que disminuyen los rendimientos.

Pero un hombre trabajando seriamente ocho horas puede pasar fácilmente, no para corte de centro de acopio sino para grúa, fácilmente, un hombre medio, de las 200 arrobas.

Se requiere un poco de voluntad, se requiere un poco de tenacidad y se requiere también un poco de filosofía. Si se comprende la importancia que eso tiene, si se comprende que ese trabajo de ahora es el que nos va a librar precisamente en el futuro, mediante el empleo de las máquinas, de ese tipo de esfuerzo físico; si se comprende que ese trabajo lo tenemos que hacer nosotros —el pueblo—, que no vivimos en la época de la esclavitud, afortunadamente; que en nuestras condiciones nuestro pueblo si quiere avanzar, si quiere desarrollarse, tiene que enfrentar seriamente y resueltamente esas obligaciones, y que no se trabaja para el dueño de un central o de un latifundio, que se trabaja para el país —para todo el país— y que cada caña que se corte va a ir en beneficio de todo el país, y se toma aquel trabajo con espíritu digamos incluso deportivo, con entusiasmo...

Porque al fin y al cabo siempre que un hombre tiene que enfrentarse a algo es una prueba para ese hombre: es una prueba de su carácter, es una prueba para su voluntad, es una prueba para su entereza como revolucionario y como hombre. Y el concepto de hombre implica la disposición a enfrentarse a las pruebas y a los trabajos. Y es cierto que el trabajo es riguroso, como también es riguroso escalar una montaña, caminar largas horas por las montañas subiendo lomas. Hemos visto a veces cuando iban los estudiantes universitarios a las montañas, en los primeros días, traumatizados, y cuando ya llevaban una semana, dos, se adaptaban y realizaban la tarea aquella.

Todos nosotros hemos tenido que subir lomas, y las lomas siempre cansan, las lomas siempre son pesadas, sobre todo cuando se lleva una mochila arriba. Y sin embargo cuando ya no había obligación de subir lomas, sentíamos muy frecuentemente el deseo de subir lomas, de volver a pasar esos mismos trabajos, de escalar las cuestas con la mochila arriba, de caminar largos kilómetros. Y siempre nos sentimos satisfechos cada vez que recordamos la oportunidad en que nos enfrentamos a esta tarea y la vencimos.

Y siempre recordaremos con orgullo cada esfuerzo realizado. Y siempre recordaremos con más orgullo lo que nos costó más, no lo que nos costó menos. ¡Siempre recordaremos con más satisfacción lo difícil, y no lo fácil! Para nuestros soldados incluso estoy seguro de que el trabajo de este tipo contribuye a templar su espíritu, a fortalecer su carácter, a hacerlo más duro, a hacerlo mejor revolucionario y a hacerlo mejor combatiente (APLAUSOS).

No se trata ya solo de una prueba de valor para afrontar un riesgo. Hace falta otro tipo de valor: el valor de la constancia, el valor de la tenacidad, el valor de la resistencia. Se trata de un problema moral importante. Es precisamente eso lo que nos acerca al verdadero concepto de revolucionario, al concepto de hombre. Y más que de hombre, de revolucionario, que —como decía el Che— es el más honroso título, el más alto sitial a que puede aspirar un hombre, ¡ser revolucionario!

Es eso lo que nos acerca a los hombres que han hecho historia, es eso lo que nos acerca a nuestros mambises. Diez años luchando en tan difíciles condiciones contra ejércitos mejor armados, mejor equipados, pasando terrible hambre, terribles miserias de todo tipo, ¡diez años! y siempre admiramos aquel tesón con que nuestros mambises resistieron 10 años y persistieron; y que los que combatieron en los 10 años volvieron a combatir otra vez en el 1895. ¿Para qué? Para ver la patria arrebatada. Para ver la patria en manos de un interventor yanki. Para ver la patria en manos de políticos desvergonzados, ladrones de todo tipo. No tuvieron ni siquiera después de tantos años de lucha la satisfacción de decir: Este es nuestro país, somos dueños de esta tierra y de estos recursos, somos dueños de nuestro futuro.

Y nuestra generación ha luchado, nuestra generación hizo sacrificios. Pero no se puede comparar —lo digo con toda sinceridad—, no se puede ni siquiera comparar con lo que hicieron otras generaciones menos afortunadas que nosotros; no se puede comparar con los que combatieron durante 10 años. Nuestra lucha fue más breve, nuestro esfuerzo fue más reducido.

Hemos trabajado, sí, estos 10 años. No se cuenta solo la guerra. La guerra fue en un tiempo la medida de la disposición de la gente para servir a su país. En estos años ha sido en ocasiones la guerra, pero muchas veces ha sido el trabajo la medida de esa disposición de servir al país y de servir a una causa.

Pero nosotros hemos tenido un especial privilegio: hemos heredado el esfuerzo de los que lucharon durante 100 años. Nosotros hemos tenido el privilegio de ver esta patria nuestra no en manos de un interventor, no en manos de los groseros propietarios de los centrales, de las tierras, que venían por unos pesos y compraban caballerías enteras, compraban la tierra por mapas con unos miserables pesos, donde después esclavizaban mediante las condiciones económicas del capitalismo a los combatientes, a los descendientes de aquellos combatientes, esclavizaban a nuestro pueblo.

Nosotros hemos tenido un raro privilegio: nos hemos librado de todo eso. Podemos tener un administrador que puede ser ineficiente y sufrimos, pero no es míster tal o míster más cual, y procuramos enseñarlo o cambiarlo si no resulta adecuado para el cargo. Las cosas que padecemos son otras, pero está en nuestras manos resolverlas, nadie en absoluto nos lo impide ni nos lo puede impedir: solo nuestras propias limitaciones, solo nuestra falta de visión, solo nuestra falta de capacidad para resolver los problemas puede impedírnoslo, solo nuestros niveles técnicos, nuestros niveles de cultura, por los cuales hemos luchado, estamos luchando y deberemos luchar mucho más en el futuro.

Por primera vez decimos: Esa tierra, esa fábrica, todo cuanto nuestros ojos alcanzan es cubano. Todo cuanto nuestros ojos alcanzan es del pueblo. No tiene otro propietario que no sea el pueblo; los beneficios que se logren son todos para el pueblo.

Y ese es el privilegio que ha tenido esta generación: ¡Ha sido una generación que cosecha las luchas de los cubanos durante cien años! Tiene por primera vez la oportunidad.

Claro está que las generaciones que vengan después de esta tendrán otras tareas, tendrán tal vez un camino más fácil, tendrán otras condiciones de vida hechas precisamente por esta generación. ¿Pero qué menos podemos hacer nosotros, que recibimos el fruto del sacrificio y del esfuerzo de los revolucionarios cubanos durante 100 años, que hemos tenido esta oportunidad, que cumplir honrosamente con el deber que nos corresponde, que hacer algo para el presente y hacer todo lo que estamos haciendo para el futuro? Es así como todos: soldados, trabajadores, estudiantes, jóvenes de la Columna Juvenil, y los pocos habituales que quedan en nuestro país, deben tomar su tarea con relación a la zafra de 1970.

En días pasados explicábamos la importancia económica, decisiva, de esta zafra. No solo la importancia política, sino económica, y fundamentalmente económica. No queremos los 10 millones por el orgullo de decir: ¡Hemos producido diez millones! ¿Por una cuestión de honor? Sí: el honor está comprometido en eso. ¿Por una cuestión de palabra? Sí: está comprometida la palabra. Pero es que resulta decisivo para la economía, resulta decisivo para el porvenir, es lo que nos abrirá el paso a los grandes progresos del futuro. Y es en eso en lo que debemos pensar. Y cumplir la tarea con entusiasmo, pensando en su contenido. Y pensando —como les decía— en que es aquello que nos acercaba a los mambises, a los revolucionarios. Es lo que nos acerca a todo aquello que hemos admirado. Es lo que nos acerca a los combatientes que dieron su vida en las montañas durante la guerra o en la clandestinidad, a los combatientes que dieron su vida en Girón, a los combatientes que dieron su vida en el Escambray, a los combatientes que dieron su vida en Bolivia o en otras partes, sirviendo la causa de la Revolución (APLAUSOS).

Es lo que nos acerca a los buenos revolucionarios, a los héroes, a los mártires de la historia de nuestro país. Es lo que nos acerca a los que cayeron, a los que dieron más que nosotros, porque lo dieron todo. Porque no pudieron siquiera vivir este momento de empezar el trabajo, el momento de empezar a cortar la caña de los primeros sacos; la infinita satisfacción de cortar la caña de los últimos sacos de esta tarea, de esta victoria de la economía de nuestro país, que sin duda de ninguna clase hará una profunda impresión en todo el mundo.

Millones de gente esperan ansiosos y deseosos el éxito de Cuba en esta jornada. Desde lugares tan distantes como Viet Nam vendrán representantes de los combatientes a cortar caña con nosotros (APLAUSOS). Cinco combatientes de Viet Nam del Sur, del Frente de Liberación de Viet Nam del Sur vendrán a cortar caña con nosotros, y cinco combatientes de Viet Nam del Norte. Ellos que allí tienen que enfrentarse a un millón de soldados yankis, en este gesto magnífico, extraordinario, conmovedor, sacan de sus batallones de combate cinco hombres para venir a cortar caña con nosotros.

¡Qué ejemplo magnífico! ¡Y qué símbolo de la importancia que otros pueblos le dan al actual esfuerzo de nuestro país!

De Europa numerosos jóvenes quieren venir a cortar caña. Desde Estados Unidos cientos de estudiantes quieren venir a cortar caña para la zafra de los 10 millones. ¡lmagínense qué agrio y qué amargo resulta ese gesto de los jóvenes norteamericanos con relación a los que quisieron hundir y ahogar a nuestro país!

En días pasados cientos de técnicos soviéticos y funcionarios diplomáticos fueron también a los cortes de caña para participar en la zafra de los 10 millones.

Y estoy seguro de que si tuvieran medios para que pudieran venir a nuestro país todos los jóvenes que en el mundo estarían dispuestos a participar con nosotros en esta jornada, cuyo significado no se les escapa, posiblemente nos sobrarían cortadores.

Pero es más: nosotros creemos que si ponemos un poco de espíritu, con los que tenemos nos sobran. Si ponemos un poco de espíritu, podemos poner al ciento por ciento de la norma de molida a los centrales, sobre todo a medida que pasen las primeras semanas y nos aproximemos al período en que la caña tiene el óptimo de rendimiento de azúcar.

y todos ustedes, los compañeros que van a dirigir estas actividades y las van a coordinar, deben tener presente la necesidad de moverse, de hacer todas las gestiones pertinentes para que todos los factores que inciden en el cumplimiento del programa de corte, en la entrega de caña fresca a los centrales, el transporte de carretas, de camiones, las alzadoras, los vagones de ferrocarril, todas esas cosas, todo lo que pueda hacerse aun dentro de ciertas limitaciones, aun dentro de ciertas escaseces en algunos de esos medios —todavía en los primeros tiempos vamos a tener algunos problemas con alzadoras, porque están llegando ahora las alzadoras correspondientes a las entregas de 1969—; pero en todo lo que tengamos, lograr el uso mejor, el uso más organizado, y estar atentos a todos esos detalles, a todos esos factores de organización, para que ustedes influyan, actúen, se muevan en cosas que incluso muchas veces no van a depender de ustedes.

El ejército, las fuerzas armadas son la institución disciplinada por excelencia, son los que tienen más experiencia en organización, son los que tienen más disciplina. Es necesario que la influencia positiva de ese espíritu de organización, de disciplina, la experiencia que tienen, la aporten constantemente. Cada vez que vean algo que está interrumpiendo la tarea de los cortadores, que los está frenando, que está incidiendo en el retraso, en la frescura de las cañas, todos esos factores, los tengan muy en cuenta. Y ustedes pueden hacer mucho en ese sentido.

Se han señalado metas que, por cierto, las señaladas de lo que van a cortar en Camagüey son mayores. Pero en realidad debemos considerar esas metas como metas mínimas. ¡Y confío en que esas metas serán superadas!

Las metas son más altas que otros años, pero les puedo decir plenamente consciente que todavía son modestas esas metas.

Se ha calculado que las fuerzas armadas corten el 18% de la caña. Nosotros creemos que con el empleo de la reserva, y poniendo espíritu de combatientes, conscientes de que es una batalla como la que tendrían que librar frente a una invasión en una trinchera, pueden superar esa cifra de un 18%. ¡Y creo sinceramente —y no exagero, no soy utópico— que puede afirmarse que con las fuerzas que ustedes movilizan podrían cortar hasta el 30% de la zafra de los 10 millones! (APLAUSOS)

Lógicamente, si las demás fuerzas —como la Columna, los tecnológicos, los obreros y campesinos— si las demás fuerzas ponen el máximo, entonces no podrán ustedes llegar a ese 30%. Porque hay suficiente gente como para que sea difícil alcanzarlo aunque pongan todo el espíritu. Es decir, ustedes tienen la fuerza para lograr eso, aunque estoy seguro de que, si las demás fuerzas que participan hacen el máximo, será difícil que pueda haber margen para que ustedes puedan llegar al 30%.

Ustedes me comprenden perfectamente bien: si la Columna eleva sus normas, si todos elevan sus normas, pues todos van a tener una participación alta en el porcentaje. Pero tienen fuerzas para el 30%, incluido el empleo de las reservas no en el ciento por ciento, sino de unos 15 000 ó 20 000 hombres.

Eso tiene un enorme significado.

Los enemigos creyeron que amenazándonos, hostigándonos, obligándonos a emplear grandes recursos humanos en tener unas fuerzas armadas adecuadas a la situación, iban a crearle tremendos daños a nuestra economía.

Pero, ¡qué lección! ¡Qué ejemplo para nuestros enemigos! ¡Qué lección para el imperialismo! ¡Qué ejemplo para los demás pueblos que nosotros podamos decir que, en esta histórica batalla, las fuerzas armadas cubanas tuvieron un papel decisivo, tuvieron un papel fundamental!

De manera que la contradicción que nos crearon la resolvemos por este camino revolucionario.

Y de verdad podemos estar seguros de que esta victoria les va a doler a los imperialistas más que la de Girón, ¡más que la de Girón!, porque va a desarmar sus mentiras, sus sofismas. Los va a desarmar ideológicamente, a los reaccionarios, a los imperialistas, a los capitalistas. Porque ellos han pretendido hacer creer al mundo que el hombre tiene que ser esclavo, que el hombre tiene que ser espoleado por el hambre para que trabaje, que el hombre es incapaz de vivir de una manera más fraternal y más humana. Han tratado de combatir las ideas revolucionarias, las ideas socialistas y las ideas comunistas, con el sofisma de que el hombre solo mediante las presiones más fuertes de tipo material es capaz de realizar una tarea.

Ellos se lo han apostado todo a que no podemos. Ellos han creído imposible, y están convencidos que es imposible, que un pueblo donde ya no hay macheteros habituales haga una zafra de 10 millones.

Y lo que esa lección va a significar políticamente, moralmente, revolucionariamente, vale —sin ninguna duda— mucho más que los 10 millones de toneladas de azúcar. ¡Será una gran victoria ideológica de la Revolución y del campo revolucionario! ¡Será una victoria que celebrará no solo Cuba, sino cientos de millones de gentes! ¡Será una victoria que celebrarán todos los pueblos socialistas, una gran victoria moral, una gran victoria ideológica sobre el imperialismo, sobre los capitalistas, sobre los reaccionarios!

Son muchas las cosas que se apuestan en este momento, son muchas las cosas que se juegan en este momento.

Y para nuestros combatientes, para nuestros oficiales y soldados que ahora van a incorporarse a esa batalla, deseamos de ellos que sean como los combatientes de Girón, como los combatientes del Escambray, como los combatientes de la Crisis de Octubre, como los mambises cuando cargaban al machete. Deseamos de ellos que se comporten como se comportarían si el enemigo invade nuestras costas, que se comporten como lo harían en medio de una guerra: ¡Con todo el heroísmo, con todo el valor y con toda la abnegación de que son capaces cuando defienden su patria, cuando defienden su causa, cuando defienden su bandera!

¡Y hagámoslo en homenaje de todos los caídos, en homenaje de todos los que hicieron posible esta patria, en homenaje de todos los que hicieron posible este privilegio de ver al país dueño de sus destinos!

¡Hagámoslo en homenaje de los compañeros muertos que han dado su vida aquí y en otras tierras!

¡Hagámoslo en homenaje también de los grandes pensadores! ¡Ahora que vamos a ser abanderados de lo mejor del pensamiento de Marx y lo mejor del pensamiento de Lenin, hagámoslo también en homenaje a Lenin, que este año cumple su primer centenario! (APLAUSOS)

Somos ahora abanderados de esas ideas, abanderados de esa causa. ¡Defendámosla con toda la dignidad y el honor de que seamos capaces, y llevémosla a la victoria!

¡Patria o Muerte!

¡Venceremos!

OVACION)

DEPARTAMENTO DE VERSIONES TAQUIGRAFICAS DEL GOBIERNO REVOLUCIONARIO